A PESAR de que ya se ha dicho casi de todo, no quiero yo quedarme fuera de un debate tan crucial para Galicia como es la quinta candidatura de Manuel Fraga a la Presidencia de la Xunta. No porque piense que mi modesta opinión vaya a aportar mucho a favor o en contra de una decisión tan polémica. Es que me irrita sobremanera el doble lenguaje que está utilizando la llamada clase política y muchos colegas de la «clase» periodística. Una vez más, me invade una profunda tristeza que espero no se convierta en escepticismo (que es la antesala del cinismo) al ver y oír cómo la verdad «oficial» de cada quien -sea político u «opinólogo»- crece y se impone como la espuma de la cerveza, sin que nadie o casi nadie se atreva a pronunciarse sobre su sabor. Una cerveza muy amarga, como la realidad de la situación política de Galicia de la que muchos de los que aplauden o censuran la decisión de Fraga son, o han sido, responsables. Estamos ante uno de esos momentos en los que se impone una terapia de la verdad, aunque escueza. No pretendo que la verdad sea la mía, sino que aflore y salga a la luz la verdad subterránea, clandestina, políticamente incorrecta, descarnada y cruel, que corre de boca en boca por todos los cenáculos políticos de Galicia, desde los más devotos incondicionales de Fraga hasta los más hastiados del poder omnímodo del PP, pasando por los más voluntaristas pero desesperados sectores de la izquierda, la nacionalista del Bloque y la jacobina que nunca creyó, ni creerá, en Galicia... Y la verdad que escuece, la que corre de boca en boca, es que en Galicia no hay más cera que la que arde, como decía mi madre. O sea que esto, o sea que Fraga, es lo que hay. No quisiera yo caer en la dramática exageración de un cualificado dirigente socialista que me llegó a confesar hace unos días, tras lamentarse de la situación desnortada de la izquierda: «!Menos mal que está Fraga, que si no pobre Galicia!». Tan sincera, y por supuesto, anónima declaración la formulaba como dramática conclusión respecto a la ausencia de una alternativa clara al liderazgo personal de un político viejo, rehén de su propia forma autócrata de hacer política, pero que ha colocado a Galicia en el mapa. Eso la gente lo sabe, igual que piensa, con tozuda convicción que, como dice el propio Fraga, los experimentos mejor con gaseosa. Es bien cierto que Galicia necesita una pasada por la izquierda como el comer. Y hubo un momento en que aquellos pactos de progreso entre socialistas y nacionalistas tocaron el cielo con la punta de los dedos. Eran los tiempos en los que a los socialistas les salían las cuentas holgadas y en el Bloque estaba Beiras, con sus dieciocho escaños y su intuitivo pragmatismo que le situó, paradójicamente, en el objeto de la sospecha de los vigilantes de la ortodoxia... Ahora, a los socialistas no les salen las cuentas y Beiras («demasiado lujo para Galicia», me decía un confidente socialista), desgraciadamente, ya no lidera el nacionalismo gallego. Aunque sus dirigentes de ahora se acuerdan de Santa Bárbara porque truena. «!Y menos mal que está Fraga!. Esta es la verdad, aunque escueza.