La España más negra

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

02 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

SI NO FUERA porque el dolor ha sido inmenso; si no fuera por los gritos desgarrados de aquella mujer en el funeral; si no fuera por esos niños que siguen preguntando cuándo vuelve papá de la guerra; si no fuera porque eran cadáveres de seres humanos cuyo trabajo hemos alabado tanto; si no fuera por todo eso, la identificación de los militares muertos en el accidente del Yak-42 habría pasado a la historia como algo más que un «escándalo macabro», que dice Izquierda Unida. Habría pasado como la mayor chapuza, y la más desvergonzada, que se hizo nunca desde un servicio del Estado. Hubo que leer varias veces la noticia para darle crédito: todos los cadáveres (32) que analizaron los forenses turcos fueron identificados correctamente; todos los cadáveres (30) que analizaron los españoles fueron mal identificados. Treinta familias han rezado ante otros tantos cadáveres que no eran su ser querido. Treinta familias han llevado flores a una sepultura donde había un militar digno de homenaje, pero no era el suyo. Y eso no ocurrió en la Edad Media. Ocurrió en el año 2003, cuando este país presumía de adelantos científicos y se podían hacer prodigios como la clonación. Tampoco sucedió en una atrasada nación de analfabetos. Sucedió en la nación que afirmaba estar en los primeros puestos de la sociedad del conocimiento. Es un episodio propio de la España más negra que las crónicas pueden recordar. Para la vergüenza colectiva debe quedar, además, el detalle de que los profesionales turcos han funcionado con el mínimo rigor y la mínima ética que se les puede exigir: ha cumplido con su trabajo. ¿Qué decir de los españoles? Tienen derecho a que oigamos, atendamos y entendamos sus explicaciones; pero, mientras éstas llegan, todo sugiere que no estamos ante un error. Nadie, por lerdo que sea, se puede equivocar tanto. Nadie es tan inútil que no acierte en un solo caso. Los indicios apuntan a que no se hizo ninguna identificación. Por urgencias o falta de medios, se trató a los cadáveres como fardos que había que enviar con urgencia a Torrejón para que se hiciera el funeral, pomposamente llamado «de Estado». Lo siento por Federico Trillo, entonces ministro de Defensa. Su inteligencia, su brillantez y su talante humano no merecían ese final como servidor público. Pero la realidad no perdona. La exigencia de responsabilidades ante un suceso así llega inevitablemente a su persona. Es todo tan escandaloso, que no basta con pedir disculpas, como tantas veces ha hecho. Un escándalo así, una dejación como ésta, no puede quedar impune. Si fue engañado, deben pagar los autores del gran fraude. Si no fue engañado, es muy difícil, es imposible defender que siga incluso como diputado.