Teología de la liberación

| JOSÉ RAMÓN AMOR PAN |

OPINIÓN

«MAL PUEDEN los niños rezar y aprender si tienen el estómago vacío». Quien así se expresa no es ningún gran teólogo latinoamericano de la liberación sino alguien mucho más cercano a nosotros, don Baltasar Pardal, que entendió a las mil maravillas en qué consistía vivir su fe religiosa en su momento histórico concreto, sin falsas abstracciones ni empalagosos e hipócritas ritualismos. A comienzos del siglo pasado, Atocha era un barrio populoso y marginal de A Coruña, zona de prostitución, donde la miseria, el hambre y la ignorancia imperaban. Las fibras de su corazón ardían al contemplar a los niños de la calle, «que ni tienen pan, ni casi familia que los cobije, ni manos que los sostenga, ni besos que los calienten». Por eso se lanza, contra todo sentido común, a construir La Grande Obra de Atocha: gran cocina, gran taller, gran escuela y gran iglesia. El 30 de agosto de 1923 fue la inauguración; a ella seguirían otras más en España y América. Entiende Pardal que «la educación es la más noble de las empresas y el mejor bien que se puede hacer al hombre»; en particular, fue un auténtico pionero en lo que se refiere a la promoción de la mujer, pues considera que educar a la mujer es educar hombres y levantar pueblos. Ambos postulados son en la actualidad el núcleo de la cooperación al desarrollo tanto de las ONG como de las grandes instituciones internacionales (UNESCO, PNUD). Ya en fecha tan temprana como el año 1924 se atienden clases de música, mecanografía, corte y confección, magisterio y comercio, y se instituye una Universidad Popular Femenina con diez clases nocturnas. Todas las clases son gratuitas. ¿Cómo duermes con tantas deudas?, le dice un día un amigo. Y él responde: «Sencillamente, con los ojos cerrados». Así era su sabiduría y su confianza en que la liberación del ser humano es el sello de calidad del creyente. Fue un santo. No se enciende una lámpara para esconderla¿ Aquéllos que han recogido el testigo de don Baltasar así tienen que comprenderlo. Su fundador no se aferró a los tradicionalismos vacíos y alienantes, fue un hombre de su tiempo y se lanzó con osadía profética a transformar una realidad social que ofendía la dignidad humana y, por eso mismo, al Dios en quien él creía. La actual globalización económica no ha hecho más que acentuar el reto al que La Grande Obra de Atocha tiene que responder con aires renovados.