Sin perdón

JUAN JOSÉ R. CALAZA

OPINIÓN

AUNQUE los atentados de esta campaña de ETA son voluntariamente incruentos sus efectos estratégicos pueden resultar terriblemente productivos. En un país que cambia un Gobierno honesto y eficaz, pero mal preparado para la comunicación, por otro sin programa, terrorismo mediante, se puede esperar cualquier cosa. Además, aplicando el principio de precaución no queda excluido que las eminencias grises que tiran en la sombra de los hilos del terror sean las mismas en ambos casos. Asimismo, tomar por debilidad de ETA la poca pegada de sus últimos golpes sería propio de aficionados. Que busquen hacer daño mortal o simplemente económico a los hoteleros es algo que regulan perfectamente dentro de la cadencia táctica coherente con su estrategia última: hacer ceder al Gobierno de la nación. Ahora bien, los atentados encriptan de consuno otro mensaje: quienes defiendan el diálogo , como los catalanes, preservarán sus vidas y sus haciendas. Un día sí y otro también nos dice Ibarretxe que su plan garantiza la paz, es decir, que con el independentismo camuflado del PNV ya no necesitará ETA continuar aterrorizando para obtener la independencia. Y es cierto. Pero, precisamente por ello, precisamente porque es cierto, de la misma forma que los terroristas deben saber sin sombra de duda que nunca habrá perdón, que pagarán en la cárcel todo lo que tengan que pagar, al PNV debe enviarle el PSOE un inconfundible mensaje de firmeza que no quede oscurecido con alguna de las desleales ambigüedades de Maragall y de su socio Carod. Allende estas consideraciones, hay algo profundamente hipócrita dentro del independentismo periférico que sufre España. Pues si bien mantienen un discurso centrado en el autogobierno inmediatamente lo matizan para ceder parte de la soberanía y las consabidas competencias a instituciones supranacionales europeas. Y a medida que se produzca una mayor integración de los Estados europeos, las respectivas características de la soberanía nacional -emisión de moneda, ejército, representación diplomática y política exterior, hacienda, bandera, leyes, etcétera- quedarán en manos de organismos e instituciones sobre las que los vascos no tendrán prácticamente ninguna capacidad de influencia ya que representarán, más o menos, el 0,5% de la población. En este contexto, el discurso soberanista e independentista resulta completamente anacrónico, y quienes aun así sigan pidiendo diálogo se convierten en cómplices implícitos de los asesinos al estimularlos en sus descabelladas demandas.