MUCHA GENTE acudió a votar contra el Gobierno el 14 de marzo esperando que los sufragios indignados trajeran la verdad sobre el atentado del día 11. Así lo había proclamado Rubalcaba la víspera de autos con la rotundidad del «queremos saber la verdad ante un Gobierno que miente». Cinco meses después todavía no sabemos nada esclarecedor sobre quién ha estado detrás; las sospechas sobre manos negras y autorías oscuras no han hecho más que agrandarse. Y ahora, el secretario de Seguridad e Interior, Antonio Camacho, nos dice, remedando a Dante, que abandonemos toda esperanza, que «probablemente nunca lleguemos a determinar hasta el último extremo quién intervino en la organización de los atentados». Este Gobierno desfallece y apenas muestra voluntad de saber la verdad; está más interesado en petrolear las trayectorias de los anteriores gobernantes que en esclarecer el mayor de los crímenes de nuestra democracia, precisamente el que precedió al cambio político más imprevisto de nuestro tiempo. La democracia española no podrá normalizarse sin que se identifiquen los cerebros reales, los programadores y la cadena de ejecución de las matanzas. Tampoco si no los perseguimos, con verdadera unidad cívica, para que paguen por su crimen. Se debería seguir escuchando por todas las esquinas el «queremos saber quién fue y cuándo se les hará pagar» por la muerte de doscientos de los nuestros. No podemos instalarnos en el derrotismo y mucho menos en el cinismo. No debemos permitir que las masivas manifestaciones de marzo se conviertan en un paripé preelectoral, en la mayor farsa colectiva de nuestra democracia. No sólo por las víctimas y su memoria, sino también por la higiene de nuestra conciencia ciudadana, incluso por nuestra salud mental individual. Un atentado masivo no resuelto, un crimen sin castigo, acabará volviéndose contra nosotros mismos. Como nos advirtió Dostoievski, no podemos vivir sin conciencia, no existe equilibrio ni descanso sin verdad; la ilusión del escape nihilista nos conducirá a una escalada de coartadas imposibles que minará irremediablemente la convivencia, traerá la ruina de la paz social e impedirá el reconocimiento libre y espontáneo de los demás. La política sin principios ha sido el mal del siglo XX, la causa de sus barbaries. Comenzamos el XXI con un intento de reeditarlo en clave de terror masivo. Al principio pensamos que era cosa lejana, que no afectaba a nuestro curruncho. Pero cuando llegó a casa, cuando menos se esperaba y sin tiempo para la reflexión, la voluntad mayoritaria quiso apartar el problema, extraditarlo, devolverlo más allá de nuestras fronteras. Pero quedaba el problema de hacer justicia con las víctimas y de mostrarnos coherentes con nuestra indignación del día después. Sin embargo, el crimen sigue sin castigo y se nos quiere resignar a la aceptación de que la verdad es inalcanzable. La tentación de cobardía es nuestro mayor desafío.