Libro antiguo

ALFONSO DE LA VEGA

OPINIÓN

TRAS la del libro nuevo, vuelve a La Coruña la feria del libro antiguo, viejo o de ocasión. Son cosas diferentes, y aunque para los amantes del libro ambas sean atractivas, presentan intereses, público y emociones distintas. En efecto, frente al comprar, leer y tirar de mucha literatura actual de puro consumo, el libro antiguo suele ofrecer emociones singulares. El encuentro con la obra buscada, tan importante para proseguir nuestras propias investigaciones; o mágicamente colocada por nuestros ángeles protectores y hallada para aportar su luz reveladora en los momentos críticos de la vida en que nuestro futuro se bifurca; la especulación con un objeto de interés cultural o artístico; el poder valorar la sensibilidad de una época pasada. Las emociones del anterior poseedor, que quizás quedaron grabadas cuando lo leyó y puedan captarse por la sensibilidad del nuevo propietario. Las cenizas de tanta dedicatoria o prólogo hipócritas el testimonio del arrumbamiento de ideologías o personajes que se creían indestructibles. La pura bibliofilia, o quizás el dolor por desprenderse, obligados por la necesidad, de algo perteneciente a la persona amada y fatalmente perdida; la codicia, o la ignorancia; el afán reciclador del buen librero anticuario de salvar de las llamas o del olvido ciertas sombras de amor y muerte. Los libros antiguos son como talismanes o elementos de comunicación entre universos contiguos pero disjuntos. Si tienen razón los teósofos y en el Universo mental existe un plano en que se conserva reflejado el pensamiento de lo que fue, es y será, también podremos pasear por los campos elíseos del astral comentándolos amigablemente con las personas que hemos tenido el mismo libro en las manos a lo largo del tiempo. Por eso yo nunca tacho en las guardas el nombre del antiguo poseedor, ni borro sus ex libris . No me gustaría que lo hicieran con los que una vez me pertenecieron, ni es educado borrar la huella de mis futuros contertulios.