Yo, robot

| JOSÉ RAMÓN AMOR PAN |

OPINIÓN

AUNQUE ir al cine está por las nubes (tres entradas, las palomitas y los refrescos sumaron 30 euros, cinco mil de las antiguas pesetas), tampoco es cuestión de no cumplir con los ahijados, y esto a pesar de saber que con esa cantidad le podríamos dar de comer un mes a un niño del Tercer Mundo. No voy a hacer crítica de la película, sólo quiero comentar el tema de fondo de la misma: el paternalismo o, lo que es lo mismo, la actitud de creernos no sólo con el derecho sino con el deber de imponer lo que nosotros consideramos como bueno a los demás, aunque ellos no lo perciban ni lo entiendan así (el error no tiene derechos, dicen algunos). En nuestras relaciones con los demás, especialmente si se trata de un sujeto vulnerable, nos vemos tentados muchas veces a ejercer actitudes netamente paternalistas, invadiendo parcelas de su ámbito privado que nos están vedadas. Se pretende ejercer un dominio absoluto de la situación y nos comportamos con la persona con una actitud de beneficencia teñida de moralina. La manipulación está servida. Confundimos nuestros intereses con el bien común y los demás son simples marionetas. Somos los salvadores del mundo. Es importante subrayar que la autonomía es uno de los atributos principales de la persona. De este principio se deduce, entre otras consecuencias, la obligación de obtener de modo claro el consentimien­to del propio sujeto o, en su defecto y sólo en aquellos casos estrictamente excepcionales, de su sustituto legal. Además, se exige el deber de informar adecuadamente al individuo antes de que éste tome su decisión, de manera que pueda realizar una elección lo más ajustada posible a los datos de la realidad. El consentimiento informado es una parte esencial del proceso de decisión en cualquier relación de ayuda y no puede aceptarse desde el punto de vista ético su ausencia o defecto sin justa causa. No se puede decidir por otro sin contar con su opinión, ni siquiera para proteger sus mejores intereses. Quiero subrayar que la religión no anula la libertad. Cada uno tiene que hacer su camino. Precisamente, como señala González Faus, el Dios cristiano representa el modelo máximo de respeto al hombre y de no querer del hombre o con el hombre nada que no sea libremente querido por éste. Y ese Dios ha preferido el enorme riesgo de semejante respeto mejor que una creación fascista, donde todo estaría en orden menos la dignidad humana.