EL MINISTRO de Defensa, José Bono, declaró sin inmutarse que el proetarra Otegui dijo la verdad sobre la matanza del 11-M en tanto que el antiterrorista Acebes la manipuló para sacar provecho electoral. El portavoz socialista Diego López Garrido sentencia que la comisión de investigación está amortizada porque los españoles saben que el Gobierno anterior mintió y los ciudadanos lo ratificaron en las urnas el 14-M. El ministro de Justicia, López Aguilar, advierte a la Iglesia Católica de que en el futuro tendrá que autofinanciarse, como si de las viejas manos muertas se tratase. Y al momento exhibe su justicialismo religioso al manifestarse abierto a la cooperación con los representantes islámicos. El secretario de Relaciones Institucionales del PSOE, Alfonso Perales, descubre una nueva macroeconomía y atribuye al PP el alza mundial del precio del petróleo. Y el presidente Zapatero tacha a su vez de cobardes a los mandatarios y analistas internacionales que califican de cobardía la retirada de las tropas españolas de Irak. Nos están preparando para el caos, para lo que György Lukács llamó, en otro contexto, el asalto a la razón . No importa la verdad, sino su deformación tendenciosa, el martilleo sistemático para imponer una visión maniquea de la realidad. Ellos son los buenos manifiestos y los demás, la encarnación esperpéntica del engaño. Para que el sistema funcione hay que inocular el odio, la descalificación por principio, el sectarismo automático como estrategia permanente. La receta funcionó en el caso del Prestige , desplazando las iras populares ante los mafiosos del mar contra los gestores gubernamentales; también funcionó en la guerra de Irak, soslayando el genocidio de Sadam y su amparo del terrorismo para volcar el odio en los que objetivamente se arriesgaban por la democratización del Oriente Medio. Y llegó a su apogeo en las jornadas preelectorales de marzo, la prueba de fuego que validó su demoledora eficacia. Pero esta ceguera inquietante es posible porque no existe una respuesta de la misma intensidad y sentido contrario. Los líderes del PP, Mariano Rajoy y equipo, no están a la altura de una amenaza tan grave para la sociedad española. Su estrategia de espera a que el adversario se desgaste por la siembra de desatinos, es suicida para la ciudadanía. No bajaron a la arena en la campaña electoral, pasan de puntillas por la cuestión decisiva de la guerra de Irak -dejando que los aliados objetivos del terror impongan la simpleza de su visión-, y van a medio gas en la comisión del 11-M. Descuidan la clarificación rigurosa en el área económica y juegan a la contra ante las maniobras institucionales para descafeinar España. Por eso preocupa que en estos momentos Mariano Rajoy pierda espacios mediáticos hablando de ciclismo, cuando las fábricas del odio siguen humeando a todo gas. Nos estamos jugando la salud moral, política y mental del país; no hay tiempo para el relax.