CUANDO EL periodista polaco Ryszard Kapuscinski cruzaba en coche, hace cuarenta años, la inmensa llanura africana de Serengeti, siempre bajo un cielo sin nubes, sin nada natural que se interpusiese entre él y el sol, sumido en un tórrido entorno, se juró que jamás volvería a mirar con malos ojos los días grises de su Europa, ésos en los que unas nubes plomizas fabrican aguaceros y anocheceres prematuros. Algo parecido me ocurrió a mí estos días, cuando, después de recorrer «la terrible estepa castellana / polvo, sudor y hierro / el Cid cabalga», que cantó Manuel Machado, desemboqué en una Galicia de lloviznas y cielos nubosos. Yo también, como Kapuscinski (aunque con menos motivos), me había prometido no volver a desesperar nunca de este clima nuestro, cambiante y sorprendente, que es capaz de pintar un agosto de Navidades. Y estoy cumpliendo mi promesa, disfrutando de un espacio que lo mismo se enturbia de nubarrones que se anega de luz solar. Sólo mi gato es capaz de predecir con acierto lo que va a ocurrir en las horas siguientes. Si se refugia debajo de una manta, está claro: lloviznas, diga lo que diga el telediario. Y yo feliz porque he dejado de amar los cielos vacíos, sólo patrullados por el cíclope solar.