LA DERROTA, decían los clásicos, siempre es huérfana, mientras que a la victoria le salen padres en todas partes. Por eso Fraga se infló a ponerse medallas en sus primeros años de Gobierno, cuando las lluvias providenciales vinieron a reforzar el efecto pendular de las enormes quemas de 1989, mientras que ahora pretende socializar la catástrofe ecológica que estamos sufriendo y decir que todos somos responsables. Y eso, querido presidente, no vale. El que se pone las medallas del éxito también tiene que beber el cáliz del fracaso. Y el que convierte los ciclos naturales en éxitos de gestión, también fracasa cuando un rayo le calcina veinte hectáreas de bosque autóctono. En la lucha contra incendios se están cometiendo errores muy graves, entre los que hay que señalar la definición de una política ideal que apuesta por la absoluta erradicación del fuego. Y eso, con los medios actuales no es posible. Por eso nos hemos lanzado a una carrera de acumulación y empleo de medios y personal de extinción que ya no da más de sí, que está fracasando en toda la línea, y que no deja lugar ni a a la toma de medidas preventivas ni al diseño de políticas forestales asentadas sobre el consenso y la racionalidad. Después de la precipitada redacción de la Ley Forestal, y de romper la unidad entre las políticas forestales y la lucha contra incendios, nadie sabe cuál es el horizonte que nos espera en este triste problema. Cada año, tan pronto como acaba la Liga, se inicia esta absurda y trágica competición entre pirómanos y bomberos, o entre la Administración y los delincuentes, los obsesos, los resentidos, los estúpidos, los gánsters, las tormentas y los descuideros. Y todos tenemos que tragar con el sambenito de vivir en un país en el que se quema por todo y por nada, en el que arden terrenos con alto valor especulativo y otros que no valen para nada, y en el que es imposible aportar una explicación racional de lo que está sucediendo. Lo que es evidente es que hemos montado una economía del fuego que ya nos desborda, que hemos desvinculado a la sociedad del problema para reforzar la imagen de una Administración eficientista y milagrera que ahora se hunde con todo el equipo, y que después de quince años de derroche sin sentido, da la sensación de que tenemos una situación forestal peor que nunca, y de que seguimos sin entender para nada nuestra economía forestal. A Francisco Sineiro le ardieron los montes al año siguiente de su toma de posesión, y eso es mala suerte. Pero a Fraga le arden quince años después de que los gallegos le diésemos todo el poder para cambiarnos. Y a eso, más allá de las milongas, sólo se le puede llamar fracaso.