LOS INGLESES nunca se han tomado muy en serio los sentimientos españoles respecto de Gibraltar. Por eso el ministerio británico de Asuntos Exteriores ha expresado su pesar por el «lenguaje emotivo» que usan los políticos españoles ante la participación del ministro de Defensa, Geoff Hoon, en las conmemoraciones de la ocupación militar del Peñón en 1704, que se celebran hoy. ¿Qué es lo que irrita tanto a los españoles? ¿Qué obsesión tienen con ese pequeño peñón rinconero de la Historia? La realidad es que Gibraltar es el último vestigio colonial en Europa, y esto supone la movilización lógica de la sensibilidad española cada vez que el ocupante se vuelve insensible e irrespetuoso, incluso equívoco. El ministro Moratinos no ha podido ser más prudente en sus manifestaciones: «Nosotros la única emoción que transmitimos es la del pueblo español ante algunos actos que no debían haberse producido». Podría haber sido bastante más contundente, pero ha querido dejarlo así, en aras de un glorioso futuro de entendimiento... que nadie sabe cuándo lo desearán los británicos. Franco creyó tener zanjado el asunto de Gibraltar en su reunión de Hendaya con Hitler. Pero Hitler perdió y el peñón se quedó como estaba. Después Franco se limitó a impulsar manifestaciones reivindicativas, algunas de ellas ante la embajada británica en Madrid. En una de estas concentraciones, el ministro del Interior llamó al embajador para preguntarle si necesitaba que le enviase más policía para proteger las dependencias diplomáticas. El embajador británico se limitó a contestarle: «No es necesario. Basta con que no nos envíe más manifestantes». Tan en serio se lo tomaban. Aznar, con su amigo Blair, logró avanzar hacia lo que parecía una solución. Había olvidado que en Londres no se tomaban muy en serio la situación, y de hecho no se la tomaron hasta que vieron que los gibraltareños del peñón se rebelaban. Entonces dieron marcha atrás y hasta otra. Y en otra estamos: irritados, pero sin perder el buen talante. Algún día lo del peñón se arreglará, seguro, pero, entre tanto, seguiremos «emocionándonos» con la insensibilidad británica. Como siempre desde hace 300 años.