CUANDO se le pregunta a un experto en qué consiste el Plan Galicia apenas acierta a farfullar cuatro palabras que evidencian su azoramiento. Por eso he pasado el fin de semana redactando una calibrada definición de Plan, que espero ver pronto en los manuales de economía. Porque, de acuerdo con mi formación aristotélica, creo haber dado con una formulación breve, clara y distinta, que no deja ningún cabo sin atar: «Un Plan -Galicia, Extremadura o sursum corda - es la unificación contable, y debidamente territorializada, de los retrasos acumulados, en dos o tres lustros, por la gestión gubernamental, que siempre se expresa en términos populistas y bastante aproximados, pero sin especificar ninguna de las anualidades presupuestarias en las que podrían ser desagregados su montante variable y su indeterminada vigencia». Gracias a esta definición, los gallegos disponemos de un poderoso instrumento teórico que nos permite valorar el detalle que tuvo José María Aznar con la tierra del chapapote, y cuya esencia consiste en refrescarnos la memoria sobre el trato que nos dieron los gobiernos democráticos desde la Transición hasta la IV legislatura triunfal de Fraga. Porque, aunque yo me encuentro entre los escasos clarividentes que no esperan nada de esta monserga, me parece muy moderno que sean el Gobierno y la Xunta los encargados de recordarnos a diario, y con profusión mediática, las muchas cosas que no se hicieron en los quince años anteriores, y que ya nunca podrán hacerse por culpa del demagogo Chirac, que quiere darle a los pobres los fondos comunitarios. Pero la felicidad dura poco en la casa del pobre. Y por eso estoy profundamente atribulado por dos cosas que comentó el poderoso Solbes a la salida del Consejo de Ministros, cuyo análisis tiene perfecto encaje en mi definición. Primero dijo que el Plan Galicia «no es una unidad macroeconómica», que es tanto como reconocer que «no existe». Y después añadió que no puede ser cuantificado todavía, porque «los ministros no tienen definidos sus presupuestos», dando por sentado que Zapatero hizo sus promesas en barbecho. Pero el vicepresidente no contaba con la infinita credulidad de los gallegos, ni con nuestra contrastada capacidad para comulgar con ruedas de molino, y por eso le salió el tiro por la culata. Porque si Solbes dijo lo que dijo, fue para que lo dejemos en paz y no le demos la tabarra con imaginarios infraestructurales. Y nosotros le vamos a responder haciendo todo lo contrario: hablando del Plan más que nunca, y asombrando al mundo con nuestra resignación infinita. Y es que cuando un pueblo está unido, jamás será vencido. Aunque puede ser, como es obvio, muy mal gobernado.