CON NOCTURNIDAD y cerillas. Así actúan. Se internan en el corazón verde del bosque y le prenden fuego. A ellos, a los incendiarios, no los prendemos con la rapidez con la que deberíamos. Motivo: que los gallegos no hablamos claro. Es una de nuestras cruces. Nos va mucho el discurso de la niebla, la mitad de la escalera, lo difuso. Muchos saben, en las aldeas, quién es el incendiario, pero nadie se atreve a señalar con el dedo. Y, cuando se trata de delincuentes, tenemos que señalar con el dedo, para que les caiga encima el martillazo de la Justicia. No podemos consentir que arda una de las riquezas de este país. Cunqueiro hablaba del almario. Uno de los tesoros que los galegos llevamos en el almario es el bosque. Hay que evitar que los desalmados incendien una parte de nuestra alma. Es como si hiciesen churrasco con nuestras entrañas. El monte arrasado por las llamas, el monte en ceniza, es una de las visiones más tristes, patética. El bosque mudo, castrado por la hoguera, despojado de verde, tiene algo de infierno, de páramo del infierno. La Administración hace lo que puede, seguro que puede más, pero, al que quiera hipnotizarse con un fuego, lo tenemos que meter en las brasas de una prisión. cesar.casal@lavoz.es