26 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

¡Si Ernest Hemingway levantase la cabeza! No hace más de medio siglo que este escritor estadounidense, siempre celoso de su virilidad, se dejaba fotografiar con el torso desnudo para demostrar que el abundante pelo de su pecho era auténtico. Ahora muchos jóvenes, y no tan jóvenes, se depilan, se pintan las uñas, se tiñen el pelo y están pendientes de las revistas de moda para actualizar su indumentaria. El periodista británico Mark Simpson los bautizó hace diez años con el nombre de metrosexuales, es decir, jóvenes que viven en metrópolis, tienen dinero, acuden a buenas tiendas y cuidan de sí mismos como el verdadero objeto de su amor y de su placer. Los tiempos están cambiando (ya lo anunciaba Bob Dylan en los años sesenta) y el ideario de Hemingway cría malvas en su misma tumba de escritor-macho. ¿Metrosexuales? La palabra tardó en imponerse y todavía hoy es un extraño engendro para muchos, pero la realidad que describe está ahí. El metrosexual dice que ha conseguido el diálogo entre sus partes masculina y femenina, aunque no está claro que esto sea mucho más que una estrategia eficaz para ligar. Las horas que pasa ante el espejo quizá lo acercan a sí mismo y al futuro, pero ¿lo acercan a los demás?