Siete lustros de fraude lunar

| JUAN J. MORALEJO |

OPINIÓN

AQUELLA noche de julio de 1969 hice lo que miles de prójimos, tomarme un par de cafés y distraer los nervios hasta el momento en que se produjese el acontecimiento; recuerdo la tertulia familiar sorprendida con que se pudiese prever y transmitir en directo un hito histórico comparable al del fuego, la rueda, el metal, el descubrimiento de América y otras muchas cosas que nos sobrevinieron o nos topamos casualmente, más que ir nosotros a por ellas a ciencia cierta y a tiro fijo. A las tantas de la madrugada parecía que la griega Selene y la romana Luna dejaban definitivamente de ser diosas y se confirmaba su penoso descenso a satélite del único planeta cargado de paranoicos, por lo que de momento se sabe y sólo faltaría que en Marte o en Saturno hubiese tanto pirado como por aquí. Selene/Luna todavía mantenía la divinidad y la categoría cuando Bellini puso a la celta Norma a hacerle gorgoritos etiqueta negra y llamarla Casta Diva y patatín y patatán¿, pero Luna/Selene empezó a perder el respeto del vulgo con aquella coplilla en que ella es Catalina y se levanta cuando Lorenzo se acuesta, coplilla que por triquiñuelas de género y no de sexo es intraducible a la lengua alemana y otras en las que es Lorenza la que se acuesta y Catalino el que se levanta. Permítanme un inciso para hacerles valorar como es debido lo que debemos a que haya Catalina y a que haya sucesión de Lorenzo y Catalina: preguntado no hace mucho un pollo de la nueva ola bachilleril sobre qué ocurriría si no hubiese luna, respondió que no habría noche y sería día las veinticuatro horas. ¿Y Edison y Unión Fenosa qué, chaval? Volvemos a aquella madrugada de 1969 en que creíamos asistir a algo nuevo y grande. Decía Armstrong lo de un pasito para el hombre, un cacho paso para la Humanidad y a la mañana siguiente todo era aplauso y alegría casi generales, pero sólo casi porque por suerte para todos siempre hay un cupo de prójimos con superpesquis, ojo avizor para que no nos la den con queso. En ese cupo me incluyo ahora, felizmente desengañado de que no hubo ni llegada a la luna ni farrapo de gaitas, pues todo fue un montaje de propaganda americana rodado en un descampado, tal vez por Curtis o en Los Monegros. En cambio, gracias a esos mismos o muy parecidos prójimos sabemos que los pedrolos de Stonehenge y las pirámides egipcias y mayas tienen que ser obra de extraterrestres que se dejaron caer por aquí y fueron capaces de tales virguerías, mientras que nosotros, además de conformarnos con la Capilla Sixtina y la Ronda de Outeiro, no tenemos capacidad para remontarnos ni siquiera a lunáticos, como no sea por vía psiquiátrica, que los hay a manta. El único paso serio que ha dado la Astronáutica fue el de intentar saber si tenemos prójimos en otros planetas con el lanzamiento del satélite tripulado por la perra Laika: si ladraba es que había gente. El resultado sigue siendo materia clasificada.