EL PRIMER PASO para resolver el problema de la educación no debe ser dado hacia el niño sino hacia el adulto en su función de educador. El buen profesor contagia ilusión hacia su asignatura y hacia la función docente, vibra con la materia que imparte y la hace atractiva. La educación es una tarea apasionada para el profesor que ha entendido y orientado su vida como una vocación al servicio de las personas. Mi padre, que no pudo cursar más que Primaria pero que tenía una gran formación humana (porque instrucción no equivale a formación), me hablaba muchas veces de su maestra, Doña Paca Vilariño, que con pocos medios y salario escasísimo (de ahí lo de pasar más hambre que un maestro de escuela), logró instruir y educar en valores cívicos a muchas generaciones de brigantinos. Sus alumnos la querían y la respetaban. Precisamente, en mi opinión, uno de los problemas más serios de los docentes actuales es el bajo concepto que la sociedad tiene de ellos o que ellos mismos tienen de sí. Hacen mal, muy mal, los padres que no valoran y respetan a los profesores de sus hijos y que no se comportan con ellos como colaboradores leales en la responsabilidad de educar a sus hijos que, no se olvide, es una responsabilidad que compete en primer lugar a los padres y sólo subsidiariamente a los profesores, porque a veces parece que algunos padres lo entienden justo al revés. Por otra parte, los padres deberían saber que no basta con comprarle al hijo todo lo que quiere comprarse, que éste viva todo lo que ellos no han tenido ocasión de vivir en su infancia, cuando lo que el hijo necesita es afecto, aprender a dar valor a las cosas, que los padres gasten tiempo con ellos. Como escribía Gondredo en estas mismas páginas, educar no es sobornar. Además, es ridículo intentar «ser colegas» de los hijos, éste no es el papel que corresponde a los padres. En fin, la educación es un proceso lento; constancia, paciencia y orden es su secreto. Necesitamos buenos maestros y que los padres cumplan con su parte. Día a día, a través de cosas casi siempre muy pequeñas, la meta a la que tendemos irá haciéndose presente en nuestros chavales, aunque a veces no nos toque a nosotros saborearlo. En cualquier caso, la educación es una tarea y un riesgo, no es un proceso matemático ni existen recetas mágicas. Por eso, al educador sólo se le pueden pedir cuentas de su dedicación, coherencia y esfuerzo.