LES PROPONGO el juego de las comparaciones. Ideologías al margen, Fraga tiene más talla de hombre de estado que Maragall. Tiene una categoría intelectual superior, aunque eso siempre es difícil de demostrar. Y es evidente que posee una experiencia de gobierno mucho más dilatada. ¿Por qué hago estas referencias personales? Porque cuando se reúnen con Zapatero obtienen resultados inversamente proporcionales a su categoría personal y política. Fraga obtuvo compromisos no presupuestados ni fijados en un calendario. Maragall, se lleva algo cada vez que habla con ZP: un día, el Palacio de Montjuic; ayer, el Mercado de las Telecomunicaciones. Y es que entre ambos presidentes autonómicos hay una diferencia vital en este tiempo: si Zapatero tuviera que dar un no a Fraga, no le ocurriría nada grave. Si le tiene que decir no a Maragall, sería la hecatombe: se presentaría como un menosprecio a la comunidad que tantos votos dio al PSOE; el PSC volvería a plantear la creación de grupo parlamentario propio; Esquerra Republicana podría retirar su apoyo al Gobierno de Madrid¿ Demasiados riesgos. Y, como son riesgos reales, es inevitable ver en los resultados de la reunión de ayer a un Zapatero rehén de su visitante y obligado a dar a las demandas catalanas una de estas respuestas: «sí» o «sí». Y eso será leído en el resto de las comunidades como un agravio comparativo. Si el otro vivero de votos socialistas, Andalucía, no hubiera visto saldada ya su «deuda histórica», ¿cuánto tiempo calculan ustedes que tardaría Chaves en ponerse a la cola de la ventanilla de las concesiones? Una semana parece un plazo inmenso. Roma no paga traidores, pero las lealtades se cobran. El panorama se vuelve más intrigante cuando nos acercamos al resto de asuntos tratados. Como anécdota, anotemos que Maragall usó tal doble lenguaje, que sus palabras sobre la Generalitat y el Estado fueron entendidas al mismo tiempo como una referencia al estado catalán y lo contrario: como «representante del Estado». Pero, al margen de eso, quedaron al descubierto las divergencias entre los dos presidentes en cuanto a la reforma constitucional y el alcance de la reforma del Estatuto. Fueron tan visibles, que Jordi Sevilla tuvo que atribuirlas a un «malentendido». Pues en ese tejado queda situada la pelota. Maragall es cada día un poco más nacionalista. Zapatero, por fuerza, tiene que ser cada día un poco más constitucionalista. Maragall conserva intacta su capacidad de presión. Zapatero conserva intacta su capacidad de ser presionado. Y Maragall tiene un truco que no le falla: siempre empieza diciendo que «por fin un gobierno entiende a Cataluña». Después enseña los dientes y, por último, pasa la factura.