¿Disolvemos los servicios secretos?

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

¿Y SI disolvemos los servicios secretos, los centros de inteligencia y los equipos de espionaje? ¿Seremos capaces de sobrevivir sin ellos? ¿Nos cambiará mucho la vida? Y si lo hace, ¿será para peor? ¿O los mantenemos para que el trío de las Azores pueda seguir escudándose en los informes de sus agentes? El viaje de los servicios secretos a lo largo de la historia se asemeja a las peripecias cómicas de aquel ingenioso Superagente 086. La Abwehr, los temibles espías de Hitler, llevaron a su país a la ruina por fiarse del catalán Juan Pujol. Hace unos años un joven alemán despistado aterrizó en plena Plaza Roja de Moscú sin que el espionaje soviético se enterase. La CIA tampoco estuvo fina en detectar los atentados del 11-S, ni ninguno de los muchos que sufrió el país. Lo del espionaje español es punto y aparte. No olisquearon ni el atentado de Carrero Blanco, ni el golpe de Estado de Tejero, ni el 11-M. Se enteraron como todos. Por los periódicos. Y es que los servicios secretos, que gustan de decir que trabajan en la oscuridad para que los demás podamos ver la luz, han ido de batacazo en batacazo. Últimamente, de forma especial. Porque no han dado una en el clavo. Las armas de Sadam, el amparo de Irak a Al Qaeda y los continuos atentados terroristas revelan su ineficacia. Están obsoletos y fuera de juego. A juzgar por sus actuaciones últimas, los servicios secretos sólo tienen interés para algunos presidentes de Gobierno. A unos les permiten decir que fueron engañados por ellos. Otros, quedan liberados ante la sociedad por haber asumido sus errores. Y hay alguno, también escritor superventas, que se apropia de los documentos secretos y se los lleva a casita para leerlos antes de dormir, como si fuese una novela de intriga de Aghata Christie.