EL DÍA 29 de junio, cuando el termómetro marcaba 42 grados a la sombra, la compañía Sevillana-Endesa dejó sin fluido eléctrico a más de 120.000 sevillanos. En pleno invierno, cuando los termómetros se situaban por debajo de cero, cientos de miles de catalanes sufrieron la misma suerte a manos de FECSA. Y hace sólo dos días, aunque fuese a causa de un accidente difícil de prever, Unión-Fenosa dejó sin fluido a 5.000 madrileños, que tardaron varias horas en ser suministrados por canales alternativos. Millones de españoles son testigos y víctimas de un sistema de distribución que llena de noticias oscuras las fiestas de fin de año, las aglomeraciones costeras, los días de frío, los días de calor, los días de viento, los días de nieve o las fiestas del patrón. Acosado por las protestas, el presidente de Endesa hizo dos afirmaciones que, saliendo de su boca, son intolerables, al sugerir que la energía llega a los españoles demasiado barata, y que tenemos que aprender a consumir electricidad. Porque, por muy ignorantes que le parezcamos al señor Pizarro, todos los españoles sabemos que las compañías eléctricas nos venden la energía por más de lo que a ellos les cuesta, y porque, mientras se siga afirmando que vivimos en un país supermoderno, los ciudadanos tendremos la manía de encender las calefacciones cuando hace frío y los aparatos de aire acondicionado cuando hace calor. El problema de la pésima capitalización de las eléctricas viene de viejo, y la forma en que los ciudadanos pagamos los errores de planificación cometidos por el Gobierno y las propias empresas, también. Yo no sé si producimos electricidad suficiente o no. Tampoco tengo criterio para saber si todo se arregla con una mejor interconexión de las redes o si es necesario reforzar o duplicar los circuitos encargados de soportar las grandes sobrecargas -previsisbles o imprevisibles- del sistema. Lo único que sé es que el ciudadano paga siempre, paga todo, paga mucho, paga los enganches, paga los contadores, paga la moratoria nuclear y paga la la red de alta tensión. Por eso hay que exigir que el suministro se haga con las formas y las garantías de un país moderno, y que las compañías sufran de forma severa, en sus propios beneficios, los efectos de su incuria, de sus imprevisiones o de sus déficits estructurales. El señor Pizarro debe saber que la energía no tiene el valor absoluto al que él parece referirse, sino un simple valor de mercado que, siempre que se altera, se modifica a su favor. Por eso es indispensable que todas las compañías eléctricas paguen sus fechorías con el mismo rigor con el que cobran sus suministros. Algo que, como es obvio, no está sucediendo. Información en la página 21