EL REAL MADRID sólo es un club de fútbol, ya lo sé. En el césped de su estadio no ocurre ninguna cosa que no suceda en otro campo: veintidós señores corren detrás de un balón. Y, encima, los propios, los asalariados de esa sociedad, lo hacen bastante mal. A pesar de sus inmensos contratos, tan altos que les llaman «galácticos», la temporada pasada desilusionaron al personal: no ganaron ni un trofeo y quedaron en la tabla por debajo del teóricamente más modesto Deportivo. Sin embargo, el «madridismo» es una religión, con fieles más allá de nuestras fronteras. Cuando el Madrid viaja por España, es recibido por centenares de aficionados. En cualquier ciudad o pueblo, es el primer o segundo equipo preferido. Yo he palpado cómo un afamado cronista deportivo cayó en audiencia en el momento en que decidió declararle la guerra a Florentino Pérez, porque era un hereje que se atrevía a discrepar de esa religión. ¿Y el Bernabéu? Es mucho más que un estadio. Es un templo. Es un escenario de afirmación constitucional, donde se despliegan banderas españolas cuando acuden aficiones tan dudosamente patrióticas como las del Barcelona y el Bilbao. Quizá sea el subconsciente que queda de aquella definición de «equipo del régimen» que tuvo vigencia hasta que Zapatero profetizó, deseó y acertó un triunfo del Barça. Y sobre su tribuna circula una leyenda: dicen que es lugar de concentración selecta del poder, fábrica de negocios y germen de contratos fabulosos. Ser invitado a esa tribuna es sinónimo de éxito. A veces, su foto parece la Tercera Cámara: la Cámara de los Intereses. Quizá por ello, los medios le dieron tanta importancia a la elección de presidente. Fue noticia repetida en todos los telediarios. Las emisoras de radio interrumpieron su programación para dar noticia del elegido. Ayer, la noticia del vencedor estaba en las primeras páginas. Empiezo a sospechar la razón: hay un fondo de lógica que dice que no se elegía solamente al presidente de un club de fútbol. Se elegía a un símbolo de poder. Mover los invitados a aquella tribuna era un cambio tan notable en las consecuencias para la oligarquía económica como la llegada de Zapatero a La Moncloa. Y en el fondo, Florentino Pérez es Aznar. Es un símbolo «laico» del aznarismo. Su candidatura significaba la última vez que el aznarismo se presentaba a unas elecciones este año. Como ganó, y de forma tan abultada, nadie se ha preocupado de anotarlo. Pero, si hubiera perdido, la crónica estaba hecha: el aznarismo había sido barrido de las últimas instituciones. Lección política: el cambio, señor Zapatero, no está culminado. No será completo mientras el socialismo no ocupe ese palacio de invierno que es la tribuna del Bernabéu.