LA ACTUALIDAD nos depara la ocasión de contemplar algunos valores democráticos, unos en positivo, otros en negativo o, cuando menos, para ver el vaso medio lleno, en situación dudosa. El primero es la valoración de lo institucional que ha hecho el presidente Zapatero al afirmar que los grandes proyectos que lleve a cabo su gobierno en Galicia se desarrollarán de acuerdo con la Xunta y los ayuntamientos. Somos muchos los convencidos de que una actitud de este tipo, lejos de primar electoralmente a los compañeros de viaje, resalta y favorece la postura de quien toma tal iniciativa. Que, por cierto, estimamos no ha sido valorada suficientemente por los medios de comunicación. Quizá por un escepticismo todavía justificable. El impacto que puede tener la mentira viene confirmado tanto por el abrumador alegato del ministro Bono sobre el avión estrellado en Turquia cómo por la mala administración de los primeros informes sobre el 11 M por el gobierno Aznar. Salvo situaciones excepcionales, el engaño no se castiga en la práctica política con la severidad que merece. Y la disponibilidad para la dimisión es una asignatura pendiente. Puede inicialmente quizá resistirse un punto más el cargo electo -caso de Trillo- que el designado, pero en cualquier supuesto un error como el suyo relativo al citado accidente aéreo, con un mínimo de cultura política democrática, desembocaría en el abandono de la vida pública. En el Vigo de mis amores tengo otra vivencia que me inquieta. Los representantes de las mismas instituciones que han ido aprobando sucesivos trámites a lo largo de años para construir un costoso centro comercial con cargo al Consorcio de la Zona Franca, ahora se dan cuenta de que queda mejor una plaza en su lugar. Entre indemnizaciones y obra perdida hay algún que otro millón de euros en juego. ¿Cuándo se tratará el dinero público con el mismo rigor, con semejante cuidado al que cualquier persona normal pone en administrar sus propios medios?