EL PASADO miércoles Galicia ha sido escenario de importantes acontecimientos políticos cuyos efectos no tardarán en hacerse visibles en la vida pública gallega y española. El primero de ellos es la visita del presidente del gobierno. Mírese como se mire el viaje de Zapatero a Galicia sólo puede calificarse positivamente. Contrariamente a la costumbre, el presidente del gobierno se ha dirigido a la sociedad gallega con normalidad democrática, con cercanía y respeto a sus ciudadanos, actitud muy diferente a la exhibida por alguno de sus ministros -Magdalena Álvarez, por ejemplo- y realmente distante de la soberbia autoritaria que caracterizaba a su predecesor en el cargo. También son importantes los compromisos que Zapatero ha adquirido con el desarrollo de Galicia. Es cierto que no dio cifras ni fijó plazos, pero supongo que el presidente es plenamente consciente de que la palabra solemnemente empeñada será sometida a dura prueba el próximo otoño, cuando los presupuestos del Estado 2005 entren en el Congreso de los Diputados. Todavía es preciso destacar de la visita del presidente del Gobierno a Galicia un hecho relevante: su respeto por el diseño del Estado Constitucional. En efecto, en su relación con el presidente de la Xunta, Zapatero ha demostrado fehacientemente que no identifica Estado exclusivamente con Administración Central, ni considera a las Comunidades Autónomas como simples delegaciones subordinadas a aquélla, sino como poderes democráticos, componentes del Estado, cuyos Parlamentos y Gobiernos están legitimados por mandato constitucional y por la voluntad de sus pueblos. Como prólogo no está nada mal. La segunda noticia producida el miércoles en Galicia se refiere al pacto Fraga-Rajoy para distanciarse de Aznar y de su oneroso legado. Ciertamente si Rajoy quiere convertir al PP en una alternativa creíble de gobierno no podía asumir -y no lo ha hecho- las obsesiones del ex presidente del gobierno, incapaz de asumir el resultado electoral, empeñado en trasladar de nuevo el Ministerio de Asuntos Exteriores del Palacio de Santa Cruz a los sótanos de la Casa Blanca e inequívocamente enfrentado a la construcción europea y a su Constitución. Pero no descarten ustedes que José María Aznar siga defendiendo públicamente lo que califica de convicciones, y que no son otra cosa que los delirios de un megalómano extremista. En tal caso, el choque de trenes en el PP será inevitable y las consecuencias imprevisibles. Y, por fin, no es un acontecimiento menor el respaldo que presumiblemente proporcionó Rajoy a la continuidad de Fraga como candidato del PP a la presidencia de la Xunta, ni la posición del secretario general del PP más próxima a las tesis reformistas que, en materia constitucional, defiende el veterano dirigente de Villalba que al inmovilismo sin horizontes de Aznar. Todo ésto ha ocurrido el miércoles. En un solo día se han tomado importantes y variadas decisiones que marcarán la agenda política gallega y española durante los próximos meses.