Marlon


AL GRANDIOSO Marlon Brando, que acaba de fallecer, lo conocí en 1969 durante el rodaje de una de sus películas menos citadas, Queimada (en inglés Burn !) un film político del director Gillo Pontecorvo. Antiguo asistente de Joris Ivens y militante del Partido Comunista Italiano, Pontecorvo, quien en 1979 realizaria Operación Ogro sobre el atentado contra Carrero Blanco, era entonces muy célebre por haber dirigido su obra maestra, La batalla de Argel (1966), con la cual había obtenido el León de Oro del festival de Venecia, el premio de la crítica del festival de Cannes y tres nominaciones a los Óscar de Hollywood.Ya muy activista en favor de los derechos de los pueblos oprimidos e impactado por esa película, Marlon Brando había tomado contacto con él para declararle que deseaba actuar en uno de sus próximos films. Pontecorvo, entusiasmado, le pidió a su amigo el gran guionista Franco Solinas (también militante del PCI), que elaborara un relato digno del descomunal actor. Surgió así la idea de Queimada, una isla imaginaria de las Antillas incendiada hacia 1790 en una atroz acción represiva de las tropas coloniales para aplastar una sublevación de esclavos. El título original era Quemada , y españolas las fuerzas represoras. Pero Manuel Fraga, a la sazón ministro de Información y Turismo en el Gobierno del general Franco, amenazó con boicotear la película si no modificaban eso. Para no perder el mercado español, los productores cedieron y lusitanizaron el nombre, dejando entender que la acción ocurría en una colonia portuguesa. Brando interpreta el rol de un diplomático inglés que apoya y orienta la revuelta de los esclavos para que, en definitiva, ésta sirva los intereses del imperio británico.Con enormes dificultades financieras, los exteriores se rodaron en Colombia y en el sur de Marruecos. Aquí fue donde lo encontré. La producción había montado un modesto campamento al sur de Marrakech, en una inaccesible región pedregosa, rojiza, calcinada por el sol. Llegué a media tarde a lo que parecía un escenario de western italiano. Campamento fantasma en medio del desierto. Hacía un calor de horno. Sólo Pontecorvo me esperaba, sentado al amparo de un descolorido parasol. Se rumoreaba que sus relaciones con Brando eran pésimas. No lo negó. Más tarde, en sus memorias, el actor reconocería que Pontecorvo fue «el director más inteligente con el que había trabajado», pero lo acusaba de haber querido hacerle recitar diálogos «que parecían sacados del manifiesto comunista». En impecable francés, Pontecorvo me comentó que Marlon era «un actor de una sensibilidad monstruosa, pero tenebroso como un caballo de raza. A veces tengo que hacerle repetir 40 veces una escena, porque la quiere interpretar a su manera. Detesta a los periodistas. Ni sueñe hablar con él». Cuando por fin empezó a refrescar, el actor salió del vagón climatizado en el que descansaba. Nos miró, y se alejó a dar un paseo solitario por aquel paisaje martirizado por las calores. Llevaba una cazadora gris y botas de media caña contra los alacranes. Una hora después, cuando volvió, sin mediar palabra se unió a nosotros. Su gigantesca presencia dominaba la escena. Pontecorvo tampoco decía nada. Con los párpados cerrados, más acostado que sentado en su silla, preguntó: «¿Me buscaba usted?». «Quería que me hablara del método», le dije de sopetón.Abrió un ojo y alzando una ceja se me quedó mirando con su perfil de halcón. De nuevo hubo un silencio largo. «Para acceder al Actor's Studio -empezó a contar con voz grave y lenta, y siempre con los ojos cerrados- los aspirantes debían sufrir un exámen. El mío fue así. Lee Strasberg me dijo: 'Voy a describir una escena, presta atención porque tendrás que improvisar uno de los papeles. Ocurre en un polvoriento poblado del Sur, hace calor, un hombre de mediana edad penetra en un saloon; hay un joven de mala pinta que juega al flipper , un viejo cansado que toca un piano, una señora medio ebria recostada en la barra, y un barman escuálido que está limpiando un vaso. ¿Ves con claridad la escena?'. Sí, le contesté. 'Bien, pues tú haces el flipper'».

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