DESPUÉS DE regalarle un jamón de jabugo al canciller alemán, como los alumnos obsequiosos a los maestros necesitados del ayer, el presidente Zapatero ha descubierto el contenido moral de las guerras justas. Ha experimentado su conversión al intervencionismo humanitario saliendo de Estambul, de la cumbre de la OTAN. Su repentina mutación recuerda a la de San Pablo y su bíblica caída camino de Damasco. Oriente siempre ha sido tierra de misterio y evocación. Y de efluvios que al mezclarse con el miedo a la soledad propenden a los giros estratégicos más bruscos. Ya en territorio patrio ha decidido mandar tropas a Afganistán y Haití. No ha perdido el tiempo en debates parlamentarios ni en tediosas explicaciones a la opinión pública. Es necesario que estemos allí y punto, no podemos dejar que «la resistencia» afgana a las fuerzas invasoras multinacionales eche a perder todo lo logrado. Olvidemos que Bin Laden puede enfadarse y enviarnos una célula de terroristas incontrolados. Ahora hay que gobernar y el 11-M es agua pasada. Son malos tiempos para la pancarta y los que acudieron a las manifestaciones pacifistas deben sacar conclusiones por sí mismos sin que nadie tenga que dar explicaciones. La admirable Europa acaba de elegir para presidente de su gobierno ejecutivo nada menos que a Durão Barroso, el portugués amigo de Bush, Blair y Aznar y anfitrión de los fotografiados en las Azores. Los americanos han transferido la soberanía de Irak a los irakíes con la bendición de la ONU y hasta han entregado a Sadam para que lo juzguen. El arrogante dictador culpa a Bush de los atentados terroristas y tampoco es cuestión de que el progresista Gobierno español coincida ahora con tan impresentable personaje. Sobre todo porque se abrirá un proceso judicial en el que saldrán a la luz la verdadera naturaleza de su régimen, auténtica arma de destrucción masiva. Con Sadam en televisión, la política de imagen del pacifismo rentabilizado necesita una reconversión urgente. En fin, que ahora los gurús de la comunicación gubernamental empezarán a ilustrarnos sobre la «injerencia humanitaria armada» como necesidad moral de nuestro tiempo; un nuevo bizantinismo explicará por qué era bueno liberar a Afganistán del totalitarismo talibán y no lo era del baazismo irakí. Y por qué vamos sólo a Afganistán y Haití y no a todos los países de la tierra asolados por la atrocidad. Pero la verdadera razón es que la guerra contra Sadam y los terroristas que buscan impedir la democracia cogió a Zapatero en la oposición, a la búsqueda del poder. Entonces todo valía para alcanzarlo, por eso la guerra era mala y el pacifismo bueno. Hoy, en la Moncloa, la guerra ya puede ser buena, y si no se vuelve directamente a Irak, al menos se la asiste por su retaguardia afgana. Así se podrán liberar otras fuerzas necesarias para el frente principal. España vuelve a la mendacidad, a la detestable picaresca de ser un país sin principios.