¡Las elecciones! ¡Son las elecciones!

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

COMO AQUEL bálsamo de Fierabrás al que Don Quijote atribuía propiedades portentosas para sanar mataduras y puñadas, el éxito electoral resulta también un ungüento milagroso que cura todas las heridas. Vean, si no, el 36 Congreso del PSOE, que el viernes se inauguraba en un ambiente de autobombo tan espeso que hasta nuestro paisano José Blanco se permitió, metáfora en mano, comparar al PSOE con el mismísimo Moisés, que condujo a su pueblo, desierto de por medio, hacia la tierra prometida: «Los ciudadanos nos esperaban. Y nosotros decidimos acudir a la cita». Ahí es nada, don José. Y vean, en contraste, la greña monumental que arrasa al BNG. A punto han estado de pasar a mayores, tras una bronca formidable, sus dos timoneles más conspicuos, Beiras y Rodríguez, llamados también a guiar al pueblo gallego hacia su liberación nacional y popular. ¿Por qué la gresca ahora, y no antes ni después? Pues por la desastrosa deriva electoral del BNG. «¡Es la economía, estúpido!», dijo Clinton en 1992 a su adversario, que no entendía el nudo de la campaña electoral. También ahora los que ganan podrían decir a los que pierden: «No os metáis más los dedos en la llaga. ¡Son las elecciones, estúpidos!». Las elecciones, sí, que pueden consolidar internamente a quien, como Zapatero, ganó su candidatura por los pelos en el 35 Congreso del PSOE. Tan por los pelos que, según me contaron entonces algunos asistentes a aquel cónclave, Bono había encargado ya los canapés para celebrar una victoria que daba por segura. ¡Nunca el sucedáneo de caviar habrá resultado tan amargo! ¿Quién hubiera dado un duro por el ahora unánimemente aclamado Zapatero, de no haber mediado su victoria electoral? Muy poca gente. Yo he oído a alguna conocida periodista que ahora coloca al presidente del Gobierno por las nubes, poner como hoja de perejil al candidato socialista. Y a algunos dirigentes regionales del PSOE decir cosas de Zapatero tan impías que si yo las escribiera en este artículo serían tachadas de discurso cavernícola puesto al servicio del PP. ¡Así se escribe la historia! Pero Zapatero ha ganado, y se acabó. Ha ganado, y con una sensatez que les falta a sus más aventajados pelotas y hagiógrafos, él mismo ha pedido en el Congreso humildad a su partido. Tiene razón. Pues la humildad en la vida pública es no sólo una virtud moral, sino una virtud política esencial: la única que impide acabar viendo gigantes donde hay molinos de viento nada más. Y es que quizá, cuando pronunciaba su discurso, Zapatero había leído ya, aterrado, el Decreto 71/2004, de la Presidencia de Castilla-La Mancha. Un texto alucinante del que, para su gozo estival, les hablaré próximamente.