SE LO ASEGURO. Esto no hay quien lo aguante. Me hubiera gustado que las teclas del ordenador fueran cubitos de hielo como en una greguería de Ramón Gómez de la Serna, que vendría al pelo para estos días de sofoco perpetuo. Escupe el aire acondicionado su imitación de brisa enlatada, y los ventiladores se enredan con el aire que se camufla de simún o siroco recalentando el ambiente. Son las calores, que a decir de quienes las han sufrido tradicionalmente donde España es sur y sol, constituyen el grado más alto en el escalafón de las altas temperaturas. Distinguen los andaluces entre el calor y la calor, como conceptos asumibles, y la intensidad máxima viene dada, se mide entre los calores y las calores, que obviamente son la máxima expresión. Madrid es un sudor continuo, extenuante, el sol del mediodía se clava literalmente en el asfalto, casi se puede ver cómo miles de pequeñas saetas imperceptibles se desprenden de los rayos solares y caen masivamente sobre el pavimento y los escasos peatones que a esas horas opositan a suicidas urbanos. El primer síntoma consiste en observar cómo la frente y las sienes se convierten en manantial por arte de encantamiento solar. En los escaparates se derriten los carteles de las rebajas. En Sevilla hace tanto calor que se funden, y no es una licencia literaria, los plomos. Se va la luz que ya no puede, jadeante, ganarle la batalla al calor, y desde la autovía circulando hacia Dos Hermanas, he podido comprobar el pasado año, que es cierta la expresión popular que atestigua que en días extremos como éstos, se caen los pájaros. A plomo los he visto caer desde los cables entre dos postes. Los peatones circulan, que no pasean, con la cabeza cubierta y con una botella de agua mineral a modo de salvoconducto. Los guiris se descamisan en las terrazas del centro, y acangrejan su piel de necora cocida. La cerveza recién bebida se escapa por los poros.Los guiris sudan cerveza y sangría a partes iguales mientras los adolescentes provocan que salte el riego automático de los parques para darse a ras de suelo una ducha proletaria. Las piscinas son de cristal y fuego y no hay quien tome el sol en ellas hasta que la tarde vaya vencida. El bañista va rebozado en crema de protección cincuenta, el bañista parece mismamente una croqueta o un escalope. Madrid tiene una playa popular y sindical que inventó el franquismo. Los domingos las piscinas de la carretera del Pardo son banastas de sardinas en top less y asfixia. Pero con todo, lo peor es la noche con la brisa paralizada, con las ventanas abiertas de par en par invitando a la corriente que te deje de regalo el más espléndido de los constipados. Es insoportablemente verano, infierno de calores que han madrugado, fiebre compartida, vísperas de nada, mientras la morriña se cuenta en grados Celsius que nos parecen Farenhait, por aquello de la saudade norteña que también en verano, en las largas y añoradas tardes de verano, es Galicia, residencia de las brisas que refrescan, a la sombra de un buen libro, el cuerpo y el espéritu. Qué calor.