La Pescadería resucita

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

CON ESTE título abría las páginas locales la edición coruñesa de este periódico. En páginas interiores un reportaje bien diseñado ampliaba la información. Se refería al proceso de rehabilitación del barrio histórico del centro de la ciudad, el espacio urbano donde la memoria cultural y el estilo de ciudad tienen sus más significativos referentes: la ilustración, el movimiento liberal, el republicanismo, el galleguismo, el europeísmo. Son espacios y lugares que dan razón de ser a la polis actual: culta, liberal y cosmopolita. Un sector al que las transformaciones urbanas del siglo pasado habían conducido a la decadencia económica y funcional, al vaciado residencial y a la ruina constructiva. Hubo un primer intento de recuperación, pero la doctrina urbanística aplicada basada en la rígida ortodoxia formal no hizo sino reforzar la decadencia. Las imposiciones de materiales, parcelación y volúmenes hicieron de la zona un barrio condenado al abandono por parte de los propietarios, de los promotores y, en consecuencia, de los habitantes. A comienzos de este siglo, una nueva política urbanística municipal, muy contestada por algunos colectivos de arquitectos, abandonó el fisicismo a favor de un modelo más flexible, acompañado de un eficaz sistema de subvenciones y créditos blandos, del recurso a la expropiación y los límites a la terciarización de los edificios a favor del uso residencial. Así se está logrando algo que hasta hace poco parecía imposible: un ritmo anual acelerado de rehabilitaciones; lo cual ha generado, según recoge la información citada, una revalorización de la propiedad, una recuperación de la población y, como consecuencia, la apertura de nuevos comercios y establecimientos. La vida vuelve al barrio central de la ciudad; pero, con ser esto mucho, lo más importante es que los propios vecinos y asociaciones mudaron su antiguo pesimismo por un optimismo creativo. Nuevos jóvenes profesionales, nuevas parejas y matrimonios mayores vuelven hacia el centro, donde las amenidades urbanas, los equipamientos y la calidad de los servicios sociales ofrecen una vida grata y fácil. Viviendas grandes, viviendas pequeñas, muchos apartamentos, nuevos locales se venden y se llenan de nueva savia para un barrio antiguo. Un plan ya aprobado para la mejora de los espacios públicos, la peatonalización o la semipeatonalización y el arbolado se van poniendo lentamente en marcha, aunque a veces con menos ambición de lo que sería deseable. Queda mucho por hacer, pero en cuatro años se ha logrado bastante, y más aún si sumáramos la rehabilitación de la Ciudad Vieja. Todavía cerca de la mitad de los edificios están en ruina o mal estado, muchas calles y espacios públicos sin acondicionar, el tráfico sin ordenar, todavía hay situaciones de pobreza y marginalidad importantes, pero a pesar de todo la Pescadería resucita. Estoy seguro que no faltarán críticas. Unos dirán que las galerías no son de madera, que las parcelas originales se agruparon, que los volúmenes se igualaron, que las tipologías interiores se han perdido, que no se eliminan los coches ni los autobuses; todo eso es cierto, pero hay una respuesta que puede acallar esas valoraciones: mientras otros centros históricos tratados como piezas arqueológicas prolongan su decadencia social y económica la Pescadería resucita. Frente a la ciudad-museo, la ciudad resucitada emite una lección: lo primero, lo prioritario, es devolver la vida, el aliento, la iniciativa a los viejos barrios, sin que esto haya de ser incompatible con una aceptable conservación de sus valores ambientales e históricos. Un debate abierto que va añadiendo cada día nuevos datos, pero en el que lo importante es pensar que cada ciudad, cada barrio, cada territorio es distinto y por eso requiere un proyecto propio, adaptado a las peculiaridades locales, y con unas prioridades específicas. Si antes la Pescadería se moría, ahora resucita. Y eso es lo que importa.