«¡Joder, qué tropa!»

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

LA COMISIÓN del 11-M empieza a funcionar con la calidad, la cordialidad, la buena intención y el afán de transparencia que todos esperábamos. Ante ella, la clase política está dando también el gran ejemplo de bonhomía, desinterés y ansia de colaboración a que nos tiene acostumbrados. Como muestra, la busca de algunos papeles. Se acaba de filtrar (naturalmente desde el gobierno) que ese gobierno no encuentra varios documentos, entre ellos las actas de las reuniones del gabinete de crisis que, por lo visto, había montado el señor Aznar en aquellos aciagos días. Los socialistas no acusan de nada, pero sugieren. Sugieren que tales documentos han sido destruidos o sustraídos. Los populares, por boca de Zaplana, acusan al PSOE de montar una estrategia de dilación, para que la Comisión no pueda funcionar. Es decir, que tienen la documentación, pero tratan de encizañar el ambiente. Vaya usted a saber. Lo único cierto es que, a fecha de hoy, la pomposa comisión de investigación del 11-M, aquella que nos iba a llevar al reino de la verdad, está siendo el patio de las mentiras. Los grandes partidos, los que empeñan su honor en conseguir que no quede un resquicio de duda para la historia, están metidos en una operación de manipulación de la opinión pública sin precedentes. Y me da igual quién sea el malo. Puede serlo el PP, que vaya usted a saber si levantó acta de las reuniones que se citan. O algo peor: efectivamente puede haber destruido esos documentos, porque lo relatado en ellos no le deja bien ante la historia. Pero puede serlo también el PSOE, que, como denuncia Zaplana, tiene las actas, pero dice no encontrarlas. En todo caso, ahora que se lleva tanto hablar de «sin papeles», estamos a punto de engrosar esa lista con una entidad política: ¡la comisión sin papeles! Nadie sabe si puede llegar a funcionar, pero hay que reconocer que es una figura absolutamente original, no vista en ningún otro Parlamento. Es un invento español, que no nos habíamos atrevido siquiera a imaginar, pero en nuestro Congreso todo es posible. Y todavía se puede fundamentar más: si el juez del Olmo decide no pasar al Congreso ningún legajo del sumario, el vacío será todavía más intenso, oceánico, ostentóreo, que diría el inefable Jesús Gil. Así que, tal como veníamos vaticinando desde el principio, podemos albergar grandes esperanzas en esta comisión. Los dos mayores partidos -algún día sabremos quién es el malo- están dando unas muestras de honradez y limpieza de intenciones fastuosas. Ante ellos, hoy, no vale la pena condenar el espectáculo que están dando. Sólo se les puede aplicar aquella sentencia que Romanones dedicó a los miembros de la Real Academia: «¡Joder, qué tropa!».