LO OCURRIDO con la identificación de los restos de los 62 militares españoles muertos en el accidente aéreo del Yak-42 me parece el error más grave de los cometidos por los gobiernos del PP en sus dos legislaturas. Cuando las pruebas de ADN confirman que más de la mitad de las víctimas de una tragedia que, con toda probabilidad, pudo haberse evitado, fueron identificadas erróneamente y que, por tanto, los restos entregados a sus familias no eran los que éstas creyeron, no basta siquiera con decir que, entre otras «cuentas», los ciudadanos españoles saldaron ésta al echar del poder al PP en las elecciones del 14-M. Sobre todo lo ocurrido con el accidente emerge la sombra de Federico Trillo-Figueroa, a la sazón ministro de Defensa y, por tanto, responsable de cuantas órdenes se dieron y que propiciaron la intolerable sucesión de errores. Se atropellan ahora en mi memoria desde el funeral en la base de Torrejón hasta las negativas del Ministerio de Defensa para reconocer los derechos como viudas de compañeras de algunos de los militares muertos en el accidente, incluso concurriendo en ellas la condición de madres de hijos de esas víctimas; y las rotundas declaraciones de algún que otro general descalificando a quienes -ahora se ve que con razón- dudaban de una identificación demasiado apresurada, quizás con la finalidad de resolver lo más rápidamente el problema de la tragedia de la muerte de unos militares españoles en misión en el extranjero, a los que se les hace viajar en aviones y con unas tripulaciones merecedores de todas y las peores sospechas sobre su seguridad y pericia. Fue Federico Trillo un magnífico presidente del Congreso, y dilapidó su bien ganada fama durante los cuatro años de ministro de Defensa. Estudioso y experto en Shakespeare, he leído algunas líneas escritas por él con ocasión del estreno de la ópera de Verdi Falstaff , basada en un personaje del dramaturgo inglés. Trillo escribe sobre el poder y se refiere a la Antígona de Sófocles (siglo V antes de Cristo) que consideraba «imposible conocer el alma, los sentimientos y el pensamiento de ningún hombre hasta que no se le haya visto en la aplicación de las leyes y en el ejercicio del poder». Y a Trillo ya le hemos visto en ese trance.