CUANDO se decidió la unión de las tres antiguas provincias otomanas de Mosul, Bagdad y Basora para crear el Estado de Irak, se hizo primando los intereses económicos, estratégicos y políticos de las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial sobre la realidad del abismo étnico y religioso que las separaba. Lejos de fomentar una democracia real, el mandato británico impuso la monarquía Hachemita y restringió al máximo la libertad de maniobra de los gobiernos títere. Se sucedieron las revueltas hasta el golpe de estado del Coronel Abdul Karim Qasem en julio de 1958, tras el cual se proclamó la república y se inició la era de las dictaduras militares. La falta de legalidad y de legitimidad de los gobiernos provocó la paulatina desaparición de las iniciales inquietudes democráticas. Durante cinco décadas, la durísima represión del ejército y la policía secreta contra la disensión fue la única forma de regulación que conocieron los iraquíes. Por otra parte, la vinculación de la idea nacionalista a la dictadura militar ha hecho que ésta quedara vacía de sentido y fuera sustituida en el rango de valores de los ciudadanos por la lealtad a la familia, a la tribu, a la confesión religiosa y a la etnia. Esta compleja realidad social era sobradamente conocida, pero aún así, se hizo caso omiso de ella por la coalición. Se invadió Irak sin tener en cuenta la ausencia de un tejido social cohesionado, la inexistencia de una identificación nacionalista, el vacío de poder que se provocaría al no existir una oposición política en el país que pudiera asumirlo con el apoyo de la población y la imposible tarea de sustituir a todos los funcionarios que ejercían puestos vitales. Catorce meses después, incapaces de pacificar el país y de rentabilizar la industria petrolera, a los norteamericanos les ha faltado tiempo para traspasar el gobierno a un grupo de iraquíes sin apoyo real en la sociedad y sin medios para imponer el orden hasta la celebración de las primeras elecciones democráticas. Si eso no es lanzar la piedra y esconder la mano, ¿cómo lo llamamos?