LA GRAN ACTRIZ Nuria Torray ha muerto hace días. Para los más jóvenes su nombre quizás no resulte tan conocido como para otras generaciones que aprendieron a disfrutar del teatro en buena parte gracias a su exquisito trabajo en la antigua TVE. Que entonces, aunque parezca mentira atendiendo al lodazal de zarrapastrosa inmundicia al que ha llegado durante el régimen del pueblo soberano, tenía programas de promoción cultural dirigidos a educar la sensibilidad artística de los telespectadores. Sí, hubo tiempos mejores en TV, en que junto a la bazofia o la propaganda política habituales, también existían espacios de calidad, como el añorado Estudio Uno. Los tiempos de Nuria y de su esposo, el autor y realizador, Juan Guerrero Zamora. Ambos dignificaban la profesión y amaban lo que hacían más allá del simple pane lucrando . Genuinos exponentes de la aristocracia del mérito y de la cultura, nos emocionaban gracias a los dos pilares de la obra bien hecha: amor y conocimiento. Sabían que las gentes somos almas vivientes y que el arte tiene un sentido práctico, ha de conmover el corazón para iluminar el alma y hacernos mejores. Juan y Nuria vivieron una hermosa y valiente historia de amor: «Si en el amor viviéramos y permaneciéramos siempre no habría lugar para la conciencia», nos recuerda la palabra sagrada de la Zambrano. Pero el tiempo que no pasa o cuya hemorragia no advertimos cuando el amante se abisma en el otro, muestra a veces de golpe su descarnada crueldad con la muerte. De la búsqueda de la sabiduría de Juan ha quedado una magnífica biblioteca, una de las mejores de España. De su amor por Nuria, otra gran mujer y sensible actriz, Alejandra, en cuyos ojos cuando el actual dolor se serene cabrá leer el cernudiano mensaje vital de renovación en el tiempo y la tradición: no es el amor quien muere que somos nosotros mismos . Ánimo.