LOS RESULTADOS de las elecciones del pasado 13-J pueden interpretarse de muchas maneras. La primera sería la propiamente europea, y aquí la reflexión principal es que el tema europeo tal como está planteado no mueve los corazones en demasía. Es curioso que ni siquiera en la mayoría de los nuevos países de la Unión se han conseguido niveles de participación aceptables. Esto parece indicar que Europa, a diferencia del antiguo caso norteamericano, más que como una nación o proyecto de unión de naciones, se concibe como una maraña de intereses, un tinglado institucional minado por la burocracia y mangoneado por Francia y Alemania, que sobrevive en cierto modo paradójicamente gracias al paraguas protector militar de Estados Unidos Hay también aspectos locales que permiten explicar los resultados en ese nivel. Parece que, en general, ha existido un cierto voto de castigo hacia los gobiernos existentes, independientemente de su signo. En el caso de España, tras el desastre del 11-M y sus consecuencias electorales, existía un cierto interés por saber cómo iba a evolucionar el electorado y en especial si se iba a lograr un torniquete para cortar la hemorragia de entropía o si por el contrario ésta iba a crecer. Probablemente, después del fracaso predictivo acerca del grado de participación que contrasta con la del famoso 15-J de cuando estrenábamos democracia, y todos éramos más jóvenes e ingenuos, la frase pensada o expresada en voz alta de la mayoría de los líderes políticos ha podido ser un «podría haber sido peor» que deja a casi todos contentos aunque con mucho que hacer: ZP salva una crisis inmediata de gobierno, aunque no debe confiarse, y Rajoy, su credibilidad como líder. E incluso, el BNG no sale tan mal parado electoralmente del despropósito de marchar en comandita electoral de la extrema derecha clerical vasca y los representantes de la derecha catalana.