LA GRAN NOTICIA es que no hay noticia: así podría resumirse el resultado de los comicios europeos. Así, porque para hablar con propiedad de una noticia habría sido necesario que ayer hubiese sucedido lo que finalmente no ocurrió: que los españoles hubiéramos votado en porcentajes similares a los de las restantes elecciones (generales, municipales y autonómicas). Tal acontecimiento habría constituido en sí mismo un notición. Pero, además, sólo en ese hipotético escenario -es decir, sólo con una participación equiparable a la que en España suelen ser habitual- resultaría razonable que el PSOE y el PP hiciesen lo que a todas luces pretendían desde el momento mismo en que las elecciones europeas fueron convocadas: una lectura en clave nacional del reparto de los votos. Y es que el PSOE acudió a las europeas con un propósito -el de reafirmar, o incluso el de ampliar, su ventaja en últimas elecciones generales- tras el que se escondía su auténtico objetivo, no por encubierto, menos evidente: relegitimar, con carácter retroactivo, la inesperada victoria de José Luis Rodríguez Zapatero. La verdadera meta del PP -igualmente oculta, pero igualmente transparente- era justamente la contraria: reducir la ventaja del PSOE en las pasadas generales para poder argumentar, acto seguido, que aquélla había sido la directa consecuencia de un hecho excepcional: los terribles atentados de Madrid. Pues bien: con los resultados ya encima de la mesa, el PSOE y el PP podrán decir lo que les plazca, pero lo cierto es que cualquier interpretación de la naturaleza de la que uno y otro pretendían constituiría un abusivo retorcimiento de los datos que no serviría para nada a la verdad. Porque la verdad, la auténtica verdad, es que las elecciones europeas, aquí, como en los otros Estados de la Unión, las ha ganado la abstención. Que es tanto como decir, siendo sinceros, que las ha ganado el desinterés de los ciudadanos europeos por un proceso de construcción política realizado por arriba y apenas sin control. Esa es, por encima de cualquier otra lectura interesada, la gran lección que los dirigentes políticos de los Estados europeos deberían obtener de lo que ha sucedido en los veinticinco países de la Unión entre el jueves pasado y ayer mismo. El mentís a la forma burocratizada y oligárquica -es decir, poco democrática- en que se está culminando el proceso de construcción de la Unión política europea ha sido, en fin, tan general como rotundo: casi seis de cada diez electores convocados han vuelto a dar la espalda a lo que se está haciendo en gran medida a sus espaldas. Puede que tal cosa sea una noticia, pero no constituye ninguna novedad.