POCO A POCO, con la fría parsimonia de las venganzas colectivas, los guerreros sin antifaz van pasando por la piedra. Primero fue Aznar, que quería reformular la historia de España a su medida y acabó convertido en el paradigma de la mentira política y del fracaso electoral. Ahora es Tony Blair, que está a punto de lograr la increible hazaña de quedar de tercero en una carrera que sólo corrían dos. Y pronto será George W. Bush, que, si la América profunda no lo impide, dejará el despacho oval como lo hizo su padre: derrotado a la primera. Porque a la gente no le gusta la guerra, y porque cada vez resulta más difícil convencer a los ciudadanos de que la renta per cápita es, parafraseando a Protágoras, «la medida de todas las cosas». Cuando se planteó la invasión de Irak aún quedaban muchos americanos y europeos convencidos de que las guerras contra el Tercer Mundo son fáciles y baratas, copiosas en botín y sin efectos secundarios. Y todavía hoy abundan los que, sin atreverse a apoyar el repelente negocio de la muerte legal, disimulan su ardor guerrero con la ciega adoración al mito de la seguridad absoluta, como si fuese posible ponerle puertas al campo. Por ellos, y gracias a ellos, se sigue tolerando que sea Bush quien distingue el bien del mal, y quien, a base de declaraciones de prensa y resoluciones de cambalache, se permite clasificar a los contendientes de una misma guerra como patriotas (si están con él) o terroristas (si están contra él). Pero a estas alturas de la película ya nadie se lleva a engaño, y cada vez hay más ciudadanos conscientes de que si seguimos por este camino, encomendando a los militares la difícil tarea de construir la paz y las naciones, acabaremos repitiendo el trágico baño de sangre que nos hemos dado mil veces y con cualquier disculpa, de las que sólo una es achacable a Hitler. La tragedia de nuestro tiempo no es que se haya abierto, en un descuido, la caja de Pandora. Lo que debe preocuparnos es que, bajo el señuelo de una mal entendida solidaridad con las víctimas del terror, hemos vuelto a entronizar el discurso de la guerra, a hablar de las virtudes castrenses, a confundir la grandeza de las naciones con su poder de destrucción, y a creer que, a base de ganar la carrera de armamentos, se pueden hacer las guerras a la medida y en el lugar estratégico que más nos convenga. Por eso es tan importante que los pueblos desalojen del poder a los que tienen debilidad por el discurso de la guerra y por una confrontación maniquea entre los buenos y los malos, o los míos y los otros. Porque la guerra siempre acude a donde se la llama, y porque es mejor prevenir con votos que lavar con sangre.