Fanatismo religioso

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

RABEL Osman el Sayed -alias Mohamed el egipcio-, habla con el descaro, la ausencia de arrepentimiento y la vanidad que caracteriza al fanático y, según ha trascendido, en sus conversaciones se refiere a la necesidad de atentar en los países de los no creyentes, aunque su conciencia sectaria le haga mirar con más detalle a Chechenia o a Cachemira -donde sí hay creyentes -, países en los que debe pensar que le echan de menos. Dice este sujeto que los dispuestos a asesinar, por él arracimados, pasan el día en oración, esperando que llegue el salvífico momento de la muerte ajena -que también puede ser la propia- y que a algunos de estos asesinos a la espera los ha rescatado del narcotráfico, de la delincuencia, de la cárcel y los ha puesto en órbita para que sigan siendo criminales, pero bendecidos, sin asomo de culpa por lo que hagan. Este individuo no merecería una línea si no fuera porque él mismo se atribuye sin empacho la responsabilidad en la organización del atentado del 11 de marzo en Madrid -190 asesinados, miles de heridos-y reclama esta matanza como una obra suya, que dice que preparó largamente «durante dos años y medio», en un rasgo enfermizo de su vocación protagonista. Es un sujeto atizado de odio, que quiere aniquilar a los que no son como él y que desde luego no trasluce ni una brizna de arrepentimiento por una masacre que le parece una bendición. Hace sesenta años que los norteamericanos desembarcaron en Normandía y ahora hemos podido ver cómo un soldado alemán, que manejaba una ametralladora dentro de una casamata, confiesa haber disparado 3.000 proyectiles -si, tres mil, en palabras- contra los jóvenes norteamericanos que se lanzaron a aquellas playas inhóspitas en busca de nuestra libertad para perecer acribillados como marcianos en una maquina recreativa. El soldado alemán confiesa que mientras mataba a destajo no paraba de rezar. Me imagino que ese rezo era una especie de mantra, un intento de ahuyentar los miedos, un recurso para dar una cierta relevancia a aquella carnicería que, sin ese aditamento, le hubiera resultado no sé si insoportable. El fanatismo es de por sí perverso; un ser odiante necesita asesinar al ser odiado y al hacerlo confirma la corrección de su disparo y no muestra la menor compasión con la víctima porque la ha convertido en mineral. Si ese fanático está imbuido de un plus de delirio fundamentalista religioso la distancia con su víctima se convierte en un abismo y la falta de escrúpulos, de arrepentimiento o autocritica, blinda al criminal, ahora y para siempre. Deberíamos tener en cuenta este ingrediente de fanatismo religioso a la hora de analizar el terrorismo que hoy nos angustia. No tiene sentido perderse en el argumentario que un criminal fanático religioso pueda esgrimir como arma; cada asesino tiene siempre un contexto que pretende enarbolar como justificación para atropellos injustificables y que nos arroja para que veamos en los fallos y las injusticias de la democracia una coartada eficaz en manos de los asesinos dictatoriales. El egipcio reconoce que su vocación es asesinar, acabar con los infieles, exterminarlos, porque sencillamente no los considera humanos y por eso no merecen vivir. Las democracias tienen fallos, pero son siempre infinitamente mejores que los regímenes que pueden poner en pie fanáticos de este jaez.