Santiago disociado

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

QUE LA URBE compostelana es uno de los conjuntos monumentales más hermosos y valiosos de España nadie lo duda; que su imagen y prestigio crecen día a día y se expanden, tampoco; que se ha convertido en una ciudad mítica en el imaginario colectivo es una evidencia, y otros muchos atributos semejantes podrían atribuírsele. También es cierto que estamos ante la ciudad española que proporcionalmente más dinero público ha recibido para la recuperación y valorización de su patrimonio arquitectónico, para su dinamización cultural y para su promoción exterior. Sea como fuere, para todos los gallegos nuestra Compostela es un orgullo urbano e intelectual colectivo. Sin embargo hay un hecho que me llama la atención cada día más: la creciente disociación entre la valoración que de su ciudad unos y otros hacen. Por un lado, la opinión de los técnicos y los gestores urbanos; por otro, sus ciudadanos. Para los primeros, apoyados por la propaganda mediática local, todo adquiere un valor de ejemplaridad y excelencia: la rehabilitación arquitectónica del centro histórico, la calidad de los espacios verdes, las obras de los grandes arquitectos contemporáneos, la planificación urbanística, las dotaciones públicas, la calidad ambiental y un sinnúmero de actuaciones. Sin embargo, para los ciudadanos la percepción es muchas veces distinta. Aquella señora que se enoja cuando ve la inútil y antiestética copia de la pérgola de Juan XXIII. Aquel comerciante de siempre que se queja por la decadencia económica de la parte vieja, hoy atestada de pequeños negocios de souvenirs clonados y baratijas. Otra señora, culta y refinada, que siente como los antiguos artesanos (orfebres, tallistas, azabacheros) desaparecen sin reposición. El tendero que lamenta la pérdida de clientes porque la población del centro antiguo desciende y la inseguridad aumenta. El joven profesional que tuvo que ir a vivir a varios kilómetros de la ciudad por una ineficiente gestión del planeamiento urbano, cuyas consecuencias exigen ahora grandes inversiones; las críticas a la ubicación y la apariencia externa del centro de arte contemporáneo, los que se asombran de un parque sin bancos, los que no entienden como se derribó el hospital de Lois, de estilo regionalista, para construir un hotel convencional, los que padecen constantemente los errores de un periférico mal planteado, los que ladean su cabeza cuando piensan en dotaciones y espacios públicos subutilizados porque fueron proyectos sobredimensionados para la ciudad, los que piensan que se invierte mucho en operaciones de imagen y poco en resolver los problemas reales de los ciudadanos, o los que no aprueban la excesiva terciarización institucional del centro histórico y el vaciado residencial. No cabe duda de que ambas partes tienen razón, pero tampoco que sus percepciones y valoraciones no son coincidentes. Yo sólo señalé las discordancias. Se trata de una profunda disociación entre dos modos de percibir la ciudad: desde arriba y desde abajo. Esto que hoy atribuyo a Santiago ocurre de un modo u otro en todas las ciudades, sólo que en Compostela lo encuentro, lo escucho, lo tropiezo cada hora al paso atento y calmado por las calles de esta bellísima ciudad. Tal vez en esa calidad urbana resida la elevada autoestima de sus habitantes, el ansia por mejorar lo que el tiempo les ha legado. Un entorno privilegiado que puede transformarse en un medio innovador con un método más participativo de hacer ciudad. Es preciso superar los sistemas de planificación y participación casi iniciáticos, la concepción culta desde la exclusividad. Debemos ir pensando en la ciudad del futuro como el resultado de una obra colectiva, anónima, basada en la socialización de la creatividad. Tal vez así se logre superar esa disociación existente. La ciudad más innovadora será la mejor ciudad, la más rutinaria e imitativa la que menos aporte.