EXISTE una poderosa corriente de opinión según la cual cualquier esfuerzo afortunado por hacer las ideas inteligibles e interesantes es síntoma de una deficiente preparación. Por mi parte, siempre he creído que no hay en materia política o económica una sola propuesta seria que no pueda formularse con precisión en el lenguaje corriente, prescindiendo de florituras y sin necesidad de artificios. Comprendo muy bien, pues, el inteligente escepticismo con el que los ciudadanos responden a la insoportable retórica electoralista o a las propuestas deliberadamente ambigüas y ostensiblemente oscuras, que con desaconsejable frecuencia formulan los gobiernos y los partidos políticos. Todo lo dicho puede aplicarse perfectamente al sucedáneo de debate político que, con motivo del llamado Plan Galicia, protagonizan la Xunta y el Gobierno central. Sus declaraciones y contradeclaraciones ocupan primeras páginas, abren telediarios y boletines informativos radiofónicos, pero nadie sabe a ciencia cierta qué va a suceder con lo verdaderamente importante, ésto es, qué inversiones se van a realizar en Galicia en los próximos años, bajo la denominación de Plan Galicia o bajo el epígrafe que prefieran. La ministra de Fomento, entre cuyas supuestas virtudes no se encuentra la de la diplomacia, pudo aclarar todo esto en su reciente viaje a Galicia, pero no lo hizo. Al contrario, sus comparecencias públicas sembraron la incertidumbre, la duda y la confusión. Por eso es indispensable que Magdalena Álvarez aclare cuanto antes en sede parlamentaria si asume los compromisos contemplados en el Plan Galicia, o tiene, alternativamente, otros proyectos y prioridades. En ese caso, cuáles y cuándo. Dicho en otras palabras, el Gobierno debe dejar claro de una vez si está dispuesto a poner plazos y a dotar con partidas presupuestarias -a partir de 2005-los compromisos adquiridos por el anterior ejecutivo, o piensa empezar de cero, y, por tanto, diferir sus todavía inexplicados compromisos con Galicia hasta la elaboración del nuevo Plan Director de Infraestructuras, anunciado para finales de este año. La deriva que adquiera este contencioso no sólo afectará la vida económica y social de Galicia, sino que puede influir decisivamente en toda la dinámica política, sobre todo al coincidir en el tiempo con otros grandes problemas pendientes, tales como la crisis del sector naval y la reforma del Estatuto de Autonomía. Lo sabe muy bien Fraga, que da muestras de una furia reivindicativa sobrevenida, que fue incapaz de exhibir con el anterior Gobierno. Tiene, desde luego, derecho a comportarse de ese modo, pero ha de reconocer que su trayectoria política no lo avala y, en consecuencia, su credibilidad en esta materia es ciertamente escasa. Por su parte, a Touriño le ha llegado la hora de la verdad. Si aspira a presidir la Xunta, ha de demostrar fehacientemente su capacidad y disposición para defender eficazmente los intereses del país, debe acreditar que realmente tiene peso político en el PSOE -Maragall y Chaves lo hacen cada día- y está obligado a reafirmar que el PSdeG cuenta con iniciativa y personalidad propia, algo muy alejado de su anterior imagen de partido mecánicamente dependiente de la cúpula estatal del PSOE. El resultado electoral de 2005 tendrá mucho que ver con la forma en que Touriño aborde y resuelva estos problemas. O en palabras del refrán popular: el que quiera coger peces ha de mojarse el culo.