NUESTRO SISTEMA autonómico es un régimen de descentralización política profunda, que nada tiene que ver con esa tontería de la descentralización administrativa de la que se le ha dado ahora por hablar al BNG. Lo prueba así un hecho incontestable: que en las autonomías existe una vida política propia y peculiar, que evoluciona según las condiciones que fija en cada territorio la competición por el poder. Tal competición presenta además una naturaleza singular, diferente de la de los Estados unitarios, que suelen funcionar sobre la base de dinámicas políticas duales entre mayoría y minorías. Muy por el contrario, nuestra constitución territorial determina que en la dialéctica entre los gobiernos regionales y sus oposiciones jueguen también las relaciones entre centro y periferia, lo que produce diversas combinaciones posibles, dependiendo de quién gobierna (y quién se opone) en la comunidad de que se trate y en el gobierno del Estado. Cuando, como ahora sucede en Galicia, el Gobierno central esta en manos del mismo partido que hace oposición en la comunidad, puede ocurrir que el gobierno de la comunidad actúe, frente a las minorías que pretenden controlarlo, como una auténtica oposición de la oposición. Y eso -oposición a la oposición- es, sin duda, lo que están haciendo hoy la Xunta de Galicia y el PP que la sostiene a propósito de la confusa estrategia del Gobierno Zapatero respecto del tan traído y llevado Plan Galicia. Las dudas, contradicciones y silencios de los distintos miembros del Gobierno que se han referido en las últimas semanas a sus compromisos con Galicia han dado al Partido Popular, con Manuel Fraga a la cabeza, la ocasión que buscaba para escenificar, de forma creíble, la estrategia del agravio, que tan rentable se ha venido demostrando en España en las relaciones centro-periferia. Esa estrategia presenta, sin embargo, un riesgo grave, pues con la denuncia del agravio puede llegar a pasar lo que, según Don Mendo, con las puñeteras siete y media, «un juego vil, que no ha de jugarse a ciegas, pues juegas mil veces mil, y de las mil ves febril que o te pasas o no llegas; y el no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor; ¡pero ay de ti si te pasas!; si te pasas es peor». Ese -pasarse- es ahora el riesgo cierto del PP. Pues a base de decir una y mil veces que Galicia está siendo maltratada porque en ella gobierna el Partido Popular, bien pudiéramos venir los gallegos a obtener una de las conclusiones que en buena lógica cabría derivar de tal razonamiento: la de que el mejor modo de evitar los males denunciados sería eliminar las causas que supuestamente los provocan.