Fin de una pesadilla institucional

| RAMÓN BALTAR |

OPINIÓN

EL CESE del presidente del Tribunal Constitucional aliviará a los que veían en su lengua peripatética e inconsistencia intelectual una fuente de inestabilidad para el sistema. En la presentación de la Memoria anual se despidió riñendo a siniestra y sin complejos. Sobre la base más que discutible de que la tarea del alto tribunal es «definir la vertebración de España», se permitió la ligereza de insinuar que los magistrados que apoyan las demandas de las comunidades autónomas estarían ayudando a desvertebrarla. Pero, aparte de la inelegancia hacia sus pares, este tipo de razonamiento parece indicar que el susodicho desconoce que las autonomías son también Estado, no implantes políticos disolventes. Se arranca luego por peteneras a lo divino y cierra contra las críticas artísticas de realidades nada santas de los colegios religiosos, «canallada histórica» que no va a tolerar un ex alumno de los maristas. Enjuiciar si pasaron o no los límites de la libertad de expresión es cosa que no entra en sus haberes. Y ya que se precia de defensor del Estado, para ser coherente, debió advertir a la muchachada episcopal que a estas alturas ya no cuela la majadería de que hay materias que el poder político no está legitimado para regular sin su permiso. Vuelto a las cosas de la tierra, en un alarde de chauvinismo constitucional reiteró su interpretación de que los andaluces son mejores que los demás españoles. Superioridad que resume, Hijo Predilecto de Andalucía, en esta inobjetable verdad empírica: «Al pasar Despeñaperros se respira de otra manera». No será por branquias. Los cuatro magistrados que se incorporan hoy al TC reciben como carga adicional la recuperación de la confianza perdida. No les será difícil si recuerdan que el silencio es la matriz de la palabra justa.