El cow-boy estadista

| MANUEL MARLASCA |

OPINIÓN

CUANDO EL 9 de noviembre de 1989 fue derribado el muro de Berlín, hacía casi un año que Ronald Reagan disfrutaba de un merecido retiro. Cuando el pasado domingo se conmemoraba el 60 aniversario del desembarco aliado en Normandía, hacía tan sólo unas horas que el ex presidente norteamericano había muerto, después de diez años víctima del Alzheimer, cuyos primeros síntomas Reagan hizo públicos por escrito en «una última lucidez antes de mi partida». Y es que podría decirse sin exageración alguna que el presidente Reagan y el Papa Juan Pablo II son las dos figuras históricas que más contribuyeron a la caída del muro de Berlín y que la presencia del canciller Schröder el pasado domingo en las playas de Normandía son el mejor símbolo del nuevo orden mundial que Reagan promovió. Los calificativos de «cow-boy» y «actor de segunda fila» con los que sobre todo el anteamericanismo galopante de la izquierda europea -efectos todavía del mayo del 68- saludó la elección de Reagan fueron cambiados por los de estadista, porque en sus ocho años de presidente cambió el orden mundial con un pragmatismo, como recordaba ayer el prestigioso diario francés Le Monde , «a geometría variable compensado por un credo invariable...». Y así era capaz de pasar de la llamada «guerra de las galaxias», verdadero reto armamentístico a la URSS, en la seguridad de que los soviéticos no podrían ganarlo, al acuerdo de los euromisiles de 1987, primer tratado de desarme concluido desde el comienzo de la guerra fría; o de la incomunicación absoluta con Moscú de su primer mandato a las cinco cumbres con Gorbachov durante el segundo. Quienes redujeron al simplismo de un «secundario de Hollywood» la biografía de quien fue reelegido seis veces presidente del Screen Actors Guild, el poderoso sindicato norteamericano de actores; o sus tres victorias como gobernador de California, seguramente se aferrarán ahora a su protagonismo en la «caza de brujas» de Hollywood o a su famosa frase pronunciada ya como ex presidente y ante la reaccionaria Asociación nacional de Evangelistas americanos: «El comunismo es un triste y extraño capítulo de la historia de la humanidad, cuyas últimas páginas se están escribiendo». El ex canciller Köhl, sin embargo, prefiere recordar las pronunciadas por Reagan en 1987 ante la emblemática Puerta de Brandeburgo de Berlín, dirigidas a un ausente presidente soviético: «Mr. Gorbachov, abra esta puerta. Mr. Gorbachov, haga caer este muro». Todavía faltaban dos años para la mítica noche de noviembre de 1989, cuando empezó a caer; y quince años para la muerte en la oscuridad del Alzheimer pero en la justicia que le hace la historia, de quien tanto contribuyó a que fuera derribado ese muro.