Mayor Oreja y Josep Borrell

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

LA CAÍDA del muro de Berlín produjo una enorme crisis de identidad en todas las izquierdas del mundo, sin más excepciones que las de Cuba y Corea del Norte. Con la Unión Soviética en desbandada, y la China adorando al dios del crecimiento, los Estados Unidos de América se convirtieron en el único referente del orden internacional, y ya nadie se atrevió a discutir que el liberalismo económico es el único pasaporte válido para moverse en el mundo. La soberbia libertad de los ciudadanos se ha convertido en la seguridad de la gente, y todos los iconos del socialismo pasaron a ser antiguallas para nostálgicos, como los tangos de Carlos Gardel. Sin saber qué decir, ni cómo explicarlo, los partidos de la socialdemocracia europea pasaron tiempos muy difíciles, y, mientras unos se precipitaban por los abismos del aggiornamento y la corrupción, como el socialismo de Craxi, otros optaron por una solución semántica, cuya esencia consiste en hacer programas de derecha revestidos con palabras y metáforas de la izquierda. González, Schröder y Blair optaron por este segundo camino. E incluso Rodríguez Zapatero, que es todo claridad y ternura, acabó la campaña electoral prometiéndonos un Rodrigo Rato más amable que el de Aznar, al que llaman Pedro Solbes. Pero ya se sabe que la ciudadanía siempre va por delante de los políticos, y, mientras los socialistas andaban a ciegas, buscando la piedra filosofal que actualizase su mensaje, los españoles empezamos a trazar un esquema de controversia política de signo postmoderno. Lejos de la crasa seguridad de Mayor Oreja, del nacionalismo español de Aznar, de la solvencia económica de Rato o del cambio tranquilo y descafeinado de Zapatero, los españoles debatían la paz o la guerra, la hegemonía del imperio o el pluralismo que garantiza una Europa unida, la seguridad de la represión o la convivencia solidaria, el crecimiento suicida o el crecimiento sostenible, la sociedad tradicional y machista o el feminismo igualador que nos libera a hombres y mujeres. El cambio del país es enorme, aunque resulte difícil de apreciar. Y por eso estimo especialmente que el PP y el PSOE nos hayan dado la oportunidad de ver y comparar a sus candidadtos Jaime Mayor y Josep Borrell. Porque, lejos de situarnos en la caduca confrontación entre la izquierda y la derecha, o entre una economía social y otra liberal, nos ponen ante las prístinas imágenes del pasado y del futuro, con un Mayor Oreja apelando a los viejos fantasmas y un Josep Borrell instalado en el discurso de la modernidad. Y es que, en vez de elegir entre la izquierda y la derecha, estas elecciones se deciden entre el antes y el después. Porque ha empezado otra historia.