Ley sálica

| RAMÓN CHAO |

OPINIÓN

03 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

SERÍA INJUSTO que Rodríguez Zapatero no pasase a la historia por habernos sacado de la carnicería iraquí, pero no cabe duda de que tal alto honor logrará si consigue abolir uno de los residuos medievales que ya suprimieron los países europeos. Me refiero a la ley sálica, cuya primera redacción en latín remonta a tiempos de Clodoveo, coetáneo de nuestra Prisciliano, allá por el siglo V. Antes, dicha ley se aplicaba de modo pragmático por los hombres y en su favor siempre, sin que las mujeres tuvieran nada que hacer o decir. Circulaban por la memoria primitiva masculina una serie de normas no escritas, elaboradas en tiempos pretéritos en lengua germánica arcaica. Según la tradición, cuatro «hombres sabios» se encargaban de trasmitir oralmente esas leyes. Ideadas en Germania, enemiga de Roma, parece lógico que aquellos hombres hablasen la lengua de los francos. No hay en ellas la mínima influencia de religión cristiana, por lo que supone que fueron redactadas antes de la conversión de los francos al cristianismo. La ley sálica, o «ley de los Francos Sálicos» (los más antiguos; estaban instalados en lo que hoy es Bélgica y Países Bajos, luego se expandieron por el territorio francés) es un código de artículos sin lógica ni encadenamiento entre sí, destinados a los hombres libres. Contiene disposiciones referentes a la preeminencia del hombre sobre la mujer, y de la familia en por encima de todo. Las mujeres no pueden heredar ninguna tierra; van inexorablemente a los herederos masculinos. Sin embargo, en caso de carencia de herederos en línea directa, las mujeres conservan derechos en cuanto a bienes muebles que sirvan al adorno de la casa, mientras que los bienes inmuebles pasan al patrimonio familiar. El mozo habrá de comprar su futura esposa al padre de ésta; la tercera parte de la suma se dedicará a la compra del ajuar. Sólo se admite el divorcio en los casos siguientes: adulterio, maleficios, y violación de sepulturas. A la mujer considerada adúltera la abandona toda la sociedad. Y si deja el hogar conyugal, se la entierra viva en barro. Aparte de estas lindeces machistas, la ley sálica trata de desviar el sentimiento de venganza personal en comercio y transacciones, para que el criminal expíe así su culpa y se beneficie el grupo. Los culpables han de pagar multas por sus fechorías. La tercera parte de las cantidades ingresan en las arcas del Estado. Las infracciones figuran en una lista de una precisión de boticario, y valorados según un baremo minucioso. Por ejemplo, una herida en el cráneo cuesta treinta piezas, mas si se ve una parte del cerebro pasa a 45. Si de una puñalada se penetra a un hombre hasta las vísceras en las costillas o en el vientre, se pagan 30 piezas, más cinco por gasto médico. Una mano arrancada, un pie, un ojo o la nariz se resuelve con cien piezas, aunque si la mano queda colgando, sólo sesenta y tres. El asesinato de un esclavo se evalúa en treinta y cinco piezas, la de un artesano en sesenta y dos y medio y la de un hombre libre en doscientas. Lo mismo un sacerdote. Un noble franco, seiscientas, un noble galorromano trescientas y un obispo igual Se puede comparar la importancia de estas sumas sabiendo que un buey valía dos piezas, y un caballo doce. Existen otras penas, no menos escandalosas, pero basta para demostrar que, después de la retirada de las tropas de Irak, la abolición de esta ley sálica sea el cometido más urgente del Gobierno.