EN UNA DEMOCRACIA avanzada no hay más legitimidad que la que surge del buen gobierno. La vieja concepción de una legitimación hecha por tramos electorales no tiene cabida en una sociedad tan dinámica e informada como la actual, y por eso hay muchos teóricos que empiezan a considerar la legislatura como un carné por puntos, del que los ciudadanos vamos arrancando cupones a medida que se cometen errores. Porque, aunque es cierto que la duración formal de cada período sigue siendo de cuatro años, resulta muy difícil ejercer el poder cuando el crédito político se agota. La viceconsejera de Educación de Madrid, por ejemplo, acaba de perder muchos cupones a costa de una frase xenófoba que delata una cultura incompatible con la democracia. Y ya son varios los ministros del PSOE que han sido multados por la opinión pública por circular a una velocidad imprudente en temas tan sensibles como la vivienda, la seguridad, la ecología y la cultura. Pero, lejos de quedar reservada a las instituciones, esta idea de la legitimidad dinámica se extiende a toda la sociedad, en la medida en que nadie tiene una credibilidad que no gana, ni una autoridad que no sabe administrar. Por eso me temo que la jerarquía católica va a pagar muy cara su decisión de hacer política al viejo estilo y tratar de ganarse un trozo de cielo a la sombra de Aznar. Porque, después de gastar tanta fuerza en batallas de segundo orden (la asignatura de religión, la lucha contra los separados y las alucinantes cruzadas de la COPE), y después de liarse con explicaciones decimonónicas en temas tan cruciales como la pena de muerte, la condición de la mujer o el tratamiento de la violencia familiar, parece que está triste y sola, como Fonseca, a la hora de afrontar los retos de hoy. Si no hay motivo para prohibir que cada cual viva con quien quiera y tenga la opción sexual que le parezca, sobran razones para plantarse frente a un gobierno que confunde la modernidad con el planchado en seco de la institución matrimonial. Y, si la experiencia nos hace pensar que los avances de la genética se van a imponer con la misma normalidad que los trasplantes de riñón, no deja de ser una exageración que la ministra Salgado se refiera a la Conferencia Episcopal como si fuesen un grupo de fanáticos que, ejerciendo su derecho a discutir la fecundación terapéutica, crean alarma social. Lo que ahora se debate es de crucial importancia para la Iglesia y el mundo. Pero los obispos se han equivocado. Y tantas veces llamaron a sus rebaños diciendo que venía el lobo, que nadie les hace caso cuando llega de verdad. Porque la democracia obliga a ser mesurados. Y ellos, por desgracia, no lo fueron.