SALAMANCA es sólida, mineral, un acoplamiento de prismas, paralelepípedos, troncos, como un rompecabezas donde la miscelánea de arquitecturas queda unida por la piedra arenisca cálida y homogénea. Textura y color ayudan a que las dos catedrales se solapen y permiten que el historicismo castizo, el estilo salmantino , pase inadvertido al lado de los soberbios edificios históricos, para formar ese maclaje de piezas arquitectónicas bordeado por un río, con sus riberas verdes y edificios aislados. Hay tanto que ver que más vale ir a tiro fijo. Como otras ciudades españolas, en 1979 Salamanca inició su despegue y la puesta al día de su tejido histórico, que culminó en el 2002 con la capitalidad europea de la cultura. Ha habido éxitos y fracasos, pero lo cierto es que la ciudad está casi demasiado perfecta. Lo inmobiliario ha entrado con fuerza y ha situado a las elites urbanas en el núcleo central, en detrimento de esa diversidad social que permite a los centros históricos ser la charnela o rótula de una sociedad mestiza. La Plaza Mayor es un cuadrado canónico donde los ciudadanos se mueven con absoluta comodidad. Desde el centro pueden ver la efigie de bronce de Gonzalo Torrente Ballester sentado a su mesa del Novelty y evocar, si alguien se lo dijera, el paralelismo histórico, compartiendo intelecto y arte, entre Salamanca y Compostela, con los nombres de los Fonseca, de Gil de Hontañón, de Andrés García de Quiñones, que intervino en el replanteo de la plaza iniciada por Alberto de Churriguera y que, al parecer, era compostelano. Hacia la periferia de la muralla, en el convento de Santa Clara se puede comprobar la inteligencia y humildad de otro Churriguera, Joaquín, que, llamado para ornamentar al gusto dieciochesco las bóvedas de la iglesia, construye una falsa techumbre que deja a salvo y accesibles los primitivos artesonados de madera. Todo un ejemplo de respeto monumental un siglo antes de las primeras teorías de la restauración. Un salto en el espacio y en el tiempo y llegamos a la afortunada conjunción de la Casa Lis, que con su llamativo art nouveau pone de relieve la capacidad de las ciudades históricas para admitir nuevos estilos si son buenos, con la colección Ramos Andrade en el museo modernista, uno de los mejores de Europa. Al atardecer, me preguntaba por qué los vencejos no dejan de sobrevolar los monumentos. Parece ser que no pueden posarse en el suelo porque la debilidad de sus patas les impediría remontar el vuelo. En los amaneceres y crepúsculos de primavera y verano, con su vocinglería, nos llaman a fijarnos en los perfiles de los edificios que vibran en el contraluz, como si fuesen los encargados de sostenerlos en el aire, mientras los rayos del sol rasante se cuelan por ventanas y cimborrios. No volaban los vencejos en la última tarde del aciago año 36 y última también de la vida de Unamuno, cuando el destituido rector, triste y lleno de contradicciones, abandonado por casi todos, moría clamando por la salvación de una España sumida en la incivilidad de una guerra.