La humanidad de la Corona

| JOSÉ LUIS MEILÁN GIL |

OPINIÓN

LA CORONA ha sido clave en nuestra historia reciente. Ha tenido mucho que ver en ello la persona que la ha encarnado. Su trayectoria está marcada por escollos difíciles de sortear. Fue duro para don Juan Carlos verse obligado a aceptar ser rey por delante de su padre, en contra de lo que es ley fundamental en una monarquía, y cohabitar como Príncipe de España -a la vez Príncipe de Asturias- con el general Franco. Recuerdo una extensa conversación en 1968 con López Rodó en el hotel Gresham de Dublín con motivo de un congreso internacional. Deduje con toda claridad, como así ha sucedido, que Franco no aceptaría nunca a don Juan, a cuyo consejo privado en su exilio de Estoril pertenecía algún amigo entrañable. Ni siquiera parecía viable la fórmula belga: restauración de la monarquía en el rey Leopoldo después de la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial y abdicación en su hijo Balduino. Las instituciones de un régimen con fecha de caducidad no sobrevivirían a su mentor. La institución de la Corona, en la persona de don Juan Carlos, era la solución por la que merecía la pena trabajar. Tampoco fueron sencillos aquellos últimos años. Aunque ahora pueda resultar pintoresco, no es desdeñable la presión del entorno familiar sobre el ya senil Jefe del Estado, para abortar su decisión. La senectud de Franco proyectaba, además, incertidumbre a la hora de una prolongada enfermedad. ¿Quiénes iban a atreverse entonces a declarar su incapacidad? ¿Qué podría ocurrir entre tanto? A la clarividencia de López Rodó se debió la idea de una breve ley, cuyo borrador redacté, para llenar el vacío. Hubo necesidad de aplicarla. Fue uno de tantos servicios prestados con desinterés -y con tenacidad- a la Corona. Un infausto 23-F, la actuación de don Juan Carlos terminó por demostrar a los más escépticos que había sido óptima la solución por la que se había apostado en su día. Asentada la democracia y agotada felizmente su labor superadora del paréntesis de Franco, ¿seguirá manteniéndose la apreciación por la Corona de cara al futuro? Tengo para mí que puede desempeñar una significativa misión en la cuestión autonómica , en el contencioso de Gibraltar, para la Comunidad Iberoamericana de Naciones, entre otros asuntos que no es del caso desarrollar. En todo caso deberá ejercer la función de ser intérprete de los sentimientos de todos los españoles. Humanidad ejemplar de la Corona: es el alto deber de quienes la asumen. En esa proximidad auténtica, siempre que haga falta sentirla, se juega en buena medida la estima de una sociedad que no es monárquica por tradición. Quizá los gobernantes no deban llorar, pero las lágrimas de la Reina, en un funeral, consuelan. Cercanía afectiva, liberada de compromisos y expectativas electorales. Así la sentimos cuando el Prestige . La apreciamos hace poco en el estadio de Riazor. La soledad de la Corona obliga a no tener amigos que la comprometan. A ser un valor de referencia. Su humanidad no impide lo falible; ayuda a compensarlo y no es sustituible por el protocolo debido. Justifica los sentimientos y sus manifestaciones; también los de abuelos y de padres, como ahora, en el matrimonio de su hijo que celebramos, más allá del fausto acontecimiento.