NO ES una sorpresa ni una novedad que los poderes influyentes de cualquier nivel califiquen a los periodistas y a los medios de comunicación según sean más o menos favorables y dóciles. El oficio de informar se mueve en un campo de minas, sorteando los peligros con la arriesgada habilidad que se adquiere con el ejercicio continuo del instinto de conservación. El periodista no tiene otra protección que su capacidad para adaptarse y convivir con el recelo de los poderosos, que les conminan a decir o escribir aquello que les conviene. Hay quienes no se dejan amedrentar y hay quienes se dejan manosear como los gatos por un puñado de euros. El periodista, en cualquier caso y circunstancia, es, de entrada, un elemento incómodo que hay que mantener a raya. Ser testigo de lo que pasa y poder contarlo al público es una concesión excesiva y temeraria que los poderosos no admiten de buen grado. Un periódico no es sólo un producto comercial; forma parte sustancial de la vida de las personas y precisamente por su influencia directa en la sociedad, los poderes políticos y los otros se empeñan en controlar la fuerza dinámica de la información y no precisamente para salvaguardar la libertad de expresión sino para llevársela a su huerto. Por estas y otras razones, nadie se puede extrañar de que en la trastienda de la Generalitat de Cataluña se haya parido un informe en el que se califica a los periodistas y medios autonómicos como positivos o negativos (léase con acento holandés de Van Gal) según un sistema de valoración que llamaremos método tripartito, que no descubre nada nuevo pero tiene la paradójica virtud de ser el más mediocre de su especie. Cualquier calificativo político que se le intente colgar está de más. No se lo merece en absoluto, ya que el informe en cuestión es simple y llanamente un panfleto parido por una pandilla de inútiles, entre los cuales no sería extraño que hubiera algún periodista de todo a cien. Sin embargo, hay que concederle dos valores: elogia sin querer al periodismo serio, al que califica de negativo, y destapa, una vez más, la fundada sospecha de lo que se cocina en todos los contubernios político sin excepción, porque todos los poderosos son insaciables e intentan alimentarse de periodistas a la plancha y de ensaladas de periódicos. Aunque en el caso del tripartito han cocinado un espeso engrudo. También andan de cacería los parlamentarios de IU y otros grupillos coaligados con el PSOE, que persiguen normalizar la profesión periodística con supuestos criterios garantistas y protectores (¡sálvese quien pueda!). El empeño de los políticos por controlar a los periodistas es un propósito recurrente, que intentan adecuar lo que dice con absoluta claridad la Constitución sobre la libertad de expresión a sus conveniencias. El artículo 20 demanda expresamente que «el ejercicio de estos derechos no pueden restringirse mediante ningún tipo de censura previa». Pues ni por esas. Y es que la libertad de decir lo que pasa sin más límites que la salvaguardia de otras libertades también legítimas es un arma demasiado provocativa y los que tienen algún poder están con el celo subido e intentan seducirla. El ya famoso método tripartito no es otra cosa que un nuevo capítulo del Kamasutra . Para finalizar este alegato y para desengrasar cabe añadir la anécdota de lo que pasó en cierto pueblo, cuyos ediles encargaron a los más listos que inventaran algo interesante que dieran a los vecinos fama y dinero. Al cabo de varias semanas presentaron el proyecto: habían inventado una rueda de carro.