La melancolía del Partido Popular

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

HACE DÍAS escuché en una tertulia (no en Radio Nacional, por cierto) esta curiosa pregunta: ¿Dónde están los presidenciables del PP? Es verdad. Hace meses, había una docena. Y todos inteligentes, válidos, experimentados, hábiles y preparados. A su lado, Rodríguez Zapatero era poca cosa. Y su entorno, menos cosa todavía. De pronto, esos grandes líderes del PP se han esfumado. Es cierto que uno se fue al FMI, que es lugar más placentero. Pero aquella magnífica selección popular se ha diluido. Se ha empequeñecido. Se nos ha achicado entre las manos. Si hace semanas parecían Churchill, hoy están en sus escaños como diputados de tercera. Y no han pasado decenios. Ni años. Ayer se cumplieron dos meses de las elecciones. Este puñetero país hizo un relevo en el poder, pero también un relevo mental. Lo demuestra la encuesta del CIS que ayer se publicó. Sin que Zapatero hubiera hecho otra cosa que sonreir, abrazar y anunciar el retorno de las tropas, esta sociedad lo subió al altar de la valoración, dos puntos por encima de Rajoy. Debíamos estar tan hartos de gestos y bigotes adustos, que el 85 por ciento de los hispanos quiere al actual presidente por su moderación . ¿Y qué me dicen de los ministros de ZP? Es como si los hubiera tocado una varita mágica. Por algún prodigio misterioso para los humanos, han pasado de ser unos desconocidos a obtener altas puntuaciones. Hay por lo menos cinco mejor valorados que el citado Rajoy, que algún día será presidente. Y el ejemplo más admirable es José Montilla, titular de Industria. No hizo nada, no dijo nada, su labor es un folio en blanco; pero a los pocos días de ser nombrado los españoles habían decidido que es un buen ministro. Si este señor, al que sólo conocían en Cataluña, echa una semana más en el Gabinete, acaba superando en popularidad al mismísimo José Bono. Se confirma así un viejo principio: el cargo hace a la persona y no la persona al cargo. Estamos viendo medianías que parecen dioses porque los rodea el halo del poder y personas excepcionales que parecen medianías porque ya no presiden actos en los telediarios. Lo malo es que los primeros terminan siendo dioses, efectivamente, y los segundos acaban haciendo gestiones en un bufete de tráfico de influencias. Esto funciona así, de forma inexorable. Es lo que llaman el estado de gracia de quien llega al gobierno. A veces dura unos meses, y a veces muchos años. A veces lo termina una guerra en Irak, y a veces un IPC gigantesco como el conocido ayer. El oponente siempre teme que esa gracia sea inmensa, infinita y, desde luego, imprevisible. Por eso los cronistas ven tanta tristeza, una inmensa melancolía, en los escaños del Partido Popular.