NO PODÍA hacer otra cosa. Me refiero a la presencia de Zapatero en la comisión de seguimiento del Pacto Antiterrorista, a pesar de que no existía precedente de la participación en la misma de un presidente del gobierno. Pero es que, en esta ocasión, los gestos y las actitudes de los socialistas, sobre todo de Zapatero, iban a ser examinadas con lupa por la oposición; bueno, mejor dicho, por el Partido Popular, dispuesto a aprovechar el más mínimo desliz para recurrir al tremendismo en el que se ha instalado y volver a las andadas con la campaña sobre la ambigüedad de Zapatero. Y Zapatero lo sabía y ha respondido de forma contundente, avalando con su presencia la continuidad de un pacto que ya no es sino un mero pacto de conveniencia. Le conviene al PP porque le garantiza el protagonismo en un foro privilegiado. Como fuerza mayoritaria de la oposición, le diferencia respecto de los demás grupos políticos en la política de Estado, le garantiza eventualmente un instrumento de agitación si le es necesario. Y legitima de alguna manera, al menos nominalmente, la exclusión demonizadora de los nacionalistas que el PP impuso en el momento fundacional del pacto. (Y por si fuera poco, han logrado humillar al ministro de Interior, Alonso, calificado de «miserable» por su antecesor, Acebes, sin que haya habido, por parte del PP, excusa alguna por el insulto. ¿Hay quien dé más?) Pero también le conviene al PSOE, le conviene a Zapatero, y no sólo la supervivencia del pacto, sino también la permanencia de su carácter bilateral. Porque necesita Zapatero el aval del PP y espera (algunos pensamos que lo espera ingenuamente) que este matrimonio de conveniencia que es el pacto antiterrorista neutralice las tentaciones agitadoras del PP, le ate a la estrategia antiterrorista del Gobierno y le permita al PSOE una capacidad de maniobra para hacer otros gestos diferenciadores de la política del PP, que quedarían legitimados por la posición de firmeza frente al terror que ha logrado exhibir Zapatero. El presidente del Gobierno quiere asegurarse la «neutralizacion» relativa del PP cuando comience el deshielo en el ámbito de la política vasca, que tiene ya una fecha señalada: cuando el lendakari Ibarretxe venga a Madrid para ser recibido en La Moncloa. Eso será en el mes de septiembre. Y Zapatero necesita hacer gestos de notoria firmeza que blinde su política de distensión en Euskadi. Una política de distensión que tiene otro escenario, fuera de los encuentros de este matrimonio de conveniencia, y que será en el ambito parlamentario cuando Zapatero se reúna con los grupos minoritarios, incluidos los perversos nacionalistas, para consensuar, también con ellos, la política antiterrorista. Y hablando de conveniencias, a subrayar la enardecida vehemencia de Pérez Rubalcaba denunciando las «añagazas» de la antigua Batasuna tratando de «colar» la candidatura de HZ al Parlamento Europeo. Quien conozca un poco al portavoz socialista podrá medir cuánto hay en su actitud de sincera indignación y cuánto de sobreactuación calculada. Ya puede buscar otro flanco Rajoy, que por ahí no les pillan a los socialistas ni durmiendo.