CADA VEZ está más claro que Irak (el Irak de Sadam Huseín) no tenía nada que ver con el terrorismo que emergió el 11-S abatiendo las Torres Gemelas , emblema del capitalismo estadounidense. Cuando Bush pronunció su particular «Irak es culpable» sólo estaba aprovechando la ocasión para satisfacer su anhelo personal (y el de sus personales colaboradores, con Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz a la cabeza) de abatir al sátrapa de Bagdad y poner sus manos sobre el petróleo iraquí y sobre el orden internacional en la zona. Así lo están poniendo de manifiesto numerosos analistas y así lo señala Richard Clarke, ex coordinador antiterrorista de la Administración Bush, en su libro Contra todos los enemigos , en el que describe la obsesión del actual inquilino de la Casa Blanca por inculpar al dictador iraquí. Era un propósito desencaminado simplemente porque no había manera de ligar a Al Qaida, una red terrorista enraizada en el radicalismo islámico, con Sadam Huseín, el caudillo laico que siempre mantuvo a raya a los islamistas de su país, sobre todo a los chiís. Pero nada de esto alteró la lógica irreal de la Casa Blanca, que se resumía en liquidar primero a los talibanes afganos, para, en una segunda fase, invadir Irak, donde unas supuestas masas enfervorizadas iban a festejar a las tropas liberadores, conforme a la ensoñación neoconservadora. Por entonces se había definido ya el «eje del mal» (Irak, Irán y Corea del Norte) y nada permite descartar que, si la ocupación de Irak hubiese sido un éxito, no hubiese continuado la progresión militar hacia Irán o hacia Siria. Pero la teoría se hizo añicos en Irak. Ni aclamación popular ni reconstrucción posterior. Irak se ha convertido en un infierno en el que nadie quiere permanecer, con el consiguiente adelgazamiento de la coalición internacional. Y esto no es lo peor. Lo peor es que el ataque a un Irak no culpable del 11-S ha desviado la lucha antiterrorista de su verdadero objetivo y ha engordado las filas enemigas. Para el mundo musulmán, Occidente aparece ahora como el imperio cruel y caprichoso que Bush ha impulsado en mala hora. Deshacer esta imagen cuanto antes es lo prioritario. Y lo difícil.