LAS PRUEBAS que demuestran de forma incontrovertible que los prisioneros iraquíes han sufrido toda clase de vejaciones y torturas, a manos de soldados y paramilitares estadounidenses y británicos, me producen una infinita repugnancia, pero, he de reconocerlo, ninguna sorpresa. Quienes además de horrorizados se muestren sorprendidos prescinden de un hecho esencial: nunca ha habido correspondencia entre el conjunto de valores y libertades existentes en Occidente y el sistema de corrupción, barbarie y opresión promovido y avalado por éste de puertas afuera durante los últimos dos siglos. Como es bien sabido, el colonialismo, que durante el siglo XIX y parte del XX sojuzgó a pueblos enteros, se basaba en la presunción de que los habitantes de los países colonizados eran, en el mejor de los casos, inferiores, incapaces de autogobernarse, a los que había que ayudar a acceder al progreso, algo que jamás alcanzarían por sí mismos. Un sistema como el colonial, por su naturaleza, sólo podía basarse, como así ha sido, en el racismo, y sólo pudo mantenerse mediante la represión generalizada -incluida la tortura- ejercida sobre los pueblos así sometidos. Lo que está sucediendo en Irak y en Oriente Próximo nos retrotrae a un tenebroso pasado que creíamos definitivamente superado. Como en el viejo imperialismo, el poder estadounidense gobierna Irak con sus propios hombres y respalda el Gobierno con sus propios soldados o con soldados sometidos a su disciplina. Su poder depende, en última instancia, de la capacidad represiva que proporciona el monopolio de la fuerza. Así ocurría en los imperios español, inglés, francés, portugués, y desde luego en las fronteras orientales y meridionales de la Rusia imperial. Pero lo más importante -y grave- es que la actual política de Washington representa una opción estratégica de largo alcance. Cuando Rumsfeld o Perle exponen su visión antropológica consistente en suponer que las relaciones entre naciones son exclusivamente de fuerza; cuando Bush proclama que EE.?UU. es «el único modelo de progreso humano que sobrevive», no hacen más que afirmar que la dominación estadounidense de la sociedad internacional es la conclusión natural de la historia. Conviene recordar que Konrad Lorenz, en sus estudios sobre el comportamiento social de los animales, o Carl Schmitt, que fundamentó la soberanía en la decisión del más fuerte, desarrollaron la misma concepción en la década de 1930. A quienes consideren desproporcionadas mis afirmaciones, me permito recordarles que Europa, a pesar de su rica tradición cultural, alumbró en 1920 y 1930 movimientos políticos que la llevaron al desastre, o que el Islam, portador de una gran civilización, se somete a menudo ante el empuje del integrismo totalitario. ¿Por qué EE.?UU., carente de esa densidad histórica, no puede deslizarse hacia el extremismo nihilista? De hecho, esa corriente existe en Estados Unidos desde la derrota de Vietnam; tras los atentados del 11-S, ese pensamiento fundamentalista y belicista ha alcanzado la supremacía política. Revelarse contra la aberrante práctica de la tortura, que denigra al ser humano y socava los principios en los que se asientan nuestras sociedades, es un ineludible deber moral. Pero, para poder erradicarla, no podemos dejar de combatir las causas que la producen, ni el sistema de dominación que la estimula y ampara.